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lunes, 14 de marzo de 2016

Un amigo en su camino

CAPÍTULO III
UN AMIGO EN SU CAMINO.
Puerto “Raúl Marín Balmaceda”-“Puerto Aysén”.
15 de Febrero de 2016.



Entrar en la mañana a la zona de las butacas es un acto de suprema valentía. El aroma a conjunto humano y a destellos intestinales hace que trate de lavarme por partes en el baño, pero ahí conmigo hay un ejército de seres humanos en las más diversas tareas y donde terminas lavándote sólo la cara. Así a manotazos, como obligando a tu cuerpo- en este caso a mi cara- que huela a limpio. No es suficiente. Salgo medio derrotado por esa conciencia india que todos tenemos de la insuperable limpieza del cuerpo. Vuelvo a la carpa y Lucho me indica el dato: En el salón VIP del barco (que lo tiene, aunque no se crea), hay duchas calientes y mi compañero lo acredita porque viene toallita en mano y luciendo su frescura y lozanía de "macho patagón" a toda prueba. Así que agarro mi toalla, cepillo de dientes e ingreso como espía en la zona prohibida. Mando un “buen día” a la teleaudiencia reinante en el espacio selecto e ingreso a un baño cuasi privado, casi de hotel donde largo el agua y por fin sale caliente y allí me ahogo y largo mis mejores cantos en “sol mayor” y adoro este barco chino que es como mi casa. El agua está a temperatura como para pelar pollos en la cazuela de campo, pero no me desagrada en lo absoluto. Me despiertan de la gran velada, un golpe en la puerta con apuro- quizás intestinal- a lo que se le responde con el macho “está ocupado”. Qué se habrán creído, caramba!. Nadie me quitará la ducha ni el placer de un spa en medio de los fiordos del sur.   
Ya de vuelta y radiante, y engullido un pan de desayuno, la gente se apresta a mediodía a llegar a “Puerto Cisnes”. Un buen número de parroquianos llegarán hasta acá. Aún hay verdura tirada sobre el piso del barco producto de la juerga mercantil de la madrugada y yo estiro mi manito chilensis para hurtar un gajo de uva que resulta más sabroso que todas las uvas que he masticado en mis cuarenta años. No creo engañar a nadie. Fue sólo un gajito. Me acuerdo de mi vieja y las enseñanzas infantiles de la fruta lavada y el tifus que tuve como a los 5 años y que me dejaron un cumpleaños en cama, pero es harina de otro costal. Esta vez la fruta no se lava.
En la recta final para llegar a Cisnes, se divisa el ventisquero del Quéulat desde el lado contrario en un espectáculo que hace que todos los pasajeros saquen sus máquinas y celulares y traten de capturar de manera agónica, sin más posibilidad que el minúsculo zoom de la tecnología, las pinceladas de la belleza más pura, esa que se nos ha ido entre los dedos y tenemos que recorrer cientos de kilómetros para volver a dominarla en medio de los recuerdos de un continente que lo tenía todo y que lo hemos ido degenerando como un mal chicle sin sabor.
Puerto Cisnes



Puerto Cisnes está ahí. Nuestro colega y amigo de la Honda Twister baja acá, así como mucha gente. Es pasado mediodía y llevamos 21 horas dentro del barco. No he descendido ni un solo minuto y la mega estructura ya casi me parece normal, como refugio. En Puerto Cisnes la conexión de internet mejora y parece ser un lugar más habitado de los restantes que hemos visitado. Íntimamente recuerdo que mi amigo, el magistrado y novelista Juan Mihovilovich se ha venido a radicar a esta poblado como Juez de Letras, para poder escribir en paz y mirando el entorno, lo entiendo.  Me genera cosquillas esa posibilidad mágica de bajar y decirle a la tripulación que detenga el barco mientras voy en busca de Juanito Mihovilovich para conversar un café (aprovechando que me encuentro bañado). Despierto. Levantan el puente y unos muchachos siguen pescando en la orilla, mientras el Quéulat se aleja y nos volvemos a meter en los fiordos. Quedan ocho horas más para llegar a “Puerto Chacabuco”, lo que, en un análisis muy posterior, bajando el almuerzo que por primera vez compraremos en la cafetería del barco y que resulta ser muy suculento, resulta agotador e innecesario. Son ocho horas que podríamos hacer por tierra, pero ya estamos acá y en realidad, por tierra ya lo hemos realizado un par de veces en años anteriores, aunque, con el nivel de “progreso” de la Austral norte, uno nunca sabe si eso ya estará pavimentado o no.
Por la tarde y a eso de las 15.00, en medio de los fiordos que ya se hacen parte del paisaje esencial al ojo de los motociclistas embarcados, recalamos en “Puerto Gaviota”. Una pequeña caleta sin calles donde el elemento de transporte es la lancha entre los vecinos y donde prosigue el tráfico de mercaderías y frutas, como ya lo habíamos visto en la madrugada.








Nos queda la última estación y es acá donde bajan casi todos a eso de las 18.00 hrs. “Puerto Aguirre” está ahí, como un bello pueblo, con calles y una  hermosa costanera. Así como baja una enorme cantidad de chilenos anónimos, vuelven a abordar una serie de personajes con sus maletas y que efectivamente le dan el verdadero uso a este medio, esto es, el de conectar, el de ser el Transantiago patagón- pero que- con sus bemoles- funciona.
Puerto Aguirre.




A estas horas del cuento, ya estoy como león enjaulado. Soy amigo de casi toda la tripulación y uno de ellos me ha conseguido papel higiénico para las respectivas tareas biológicas. Me ofrece un cigarrillo, uno de ellos y ríe al ver que no fumo. Me cuenta que, en las noches de invierno, el pucho es el mejor compañero. Me cuenta de los extenuantes turnos. Cada 27 o 28 días de embarque, hay 10 en casa. Que la tripulación es de todas partes de Chile. Que los tratan bien. Que el “rancho” es bueno. Que tienen buenos baños. Que su pega no la cambia por nada del mundo. Que ha sido un agrado conocernos. La gente de mar como que en cada nudo que aprende a hacer, en cada ancla que tira al océano, va fundando su compañerismo. En este rincón de los rincones del mundo, no se puede solo, la palabra soledad se deja en alta mar, para abrir paso al camarada.  
Comienza a llover. Cae la noche y el arribo a Puerto Chacabuco lo anuncian para las 21.30 o las 22.00. Quedan muy pocos autos y ha llegado el momento de vestirse, guardar las carpas, y sentir esa lluvia en la cara, antes de volver a tomar el casco, ese bendito objeto con el que me siento más seguro que con cualquier cosa, sin una explicación lógica. Serán los años y la cantidad de cascos que han pintado mi cabeza que no me imagino ni un metro sin él.
Cerca de las 21.45, arribamos a “Puerto Chacabuco”, con viento, lluvia y todos los pasajeros fuera. Somos los últimos en salir. Las motos permanecen amarradas como si no quisieran despegarse del gigante de metal. La tripulación se resiste a desamarrar a las chicas que no han estallado en sus cámaras de combustión, sino para activar de mejor el compresor para inflar los cochones la noche anterior.
Ahí estamos. Intercomunicadores en “on” y salimos del barco en una despedida con el pulgar en alto frente a la tripulación, frente a esta armatoste que fue nuestro refugio, nuestra tabla flotando en la inmensidad de un océano duro como el diamante feroz de un continente que se negó a desaparecer antes. Me emociono, porque cuando han sido tantos viajes alrededor de Sudamérica en motocicleta, acá se respira una soledad de patria y mujeres y chiquillos, que no se compara con otras vueltas por el mundo. Sigue este viento que es de mierda, pero que ya es mi amigo.
No alcanzamos a andar cincuenta metros y debemos registrar nuestra salida en Aduanas. Nos dan el dato del tour a la “Laguna San Rafael”, que lo organiza el Hotel de “puerto Chacabuco” a precio de gringo y para gringos, por lo que se nos escapa del “diezmo” que traemos para este viaje. Nos quedará pendiente o será un regalo que le haré a mi mujer en el futuro cercano.
Cuando vuelvo a subir a la motocicleta, dos cuadras sin asfaltar nos traen de inmediato a la realidad en medio de la oscuridad que estamos en la Patagonia. Dos cuadras con cráteres alienígenas donde la moto brinca con su peso y saluda al sur del mundo otra vez. Atrás quedarán las olas y la batea del Pacífico. Ahora o da tiempo ni para filmar ni para fotografías.  Es el primer homenaje del off road con los que Puerto Chacabuco nos abofetea y nos indica que el destino es Puerto Aysén, donde a estas horas de la noche debemos encontrar un liugar para alojar en un lunes donde otra vez llueve y más encima llueve helado. Siento pedazos de roca que caen en el caso y no es otra cosa que granizo. Ruta nocturna, por enésima vez para llegar a destino. 17 kilómetros en medio de la “boca del lobo”, granizando y sin lugar de alojamiento conocido en un lunes sin arte ni parte. El Gps manda sin que le reclamemos nada. El relajo de las iniciales conversaciones sobre este viaje se ha largado muy lejos, como si siempre tuviere que llover y todo ser tan, pero tan oscuro. Es que a veces pedimos un poquito más de luz, pero nos cuadramos con la idea que toda la Patagonia ha sido construida, elevada y rescatada en medio del olvido de una autoridad en las tinieblas, de un país cuyo eco del norte, viene apenas.   

Siempre nos hemos preguntado con Lucho, en esas horas que matamos en un semáforo, por qué crestas siempre tenemos que llegar en la noche a todos lados, en medio de la penumbra, cuando todos los pestillos han sido cerrados por dentro. Debieran empezar al revés las horas del reloj.
El Gps me dice que falta un kilómetro para Puerto Aysén, lugar donde nunca antes hemos estado. El camino, no obstante ser asfaltado, con el granizo y la lluvia se ha puesto medio jabonoso por lo que lo besamos con cariño. A las 22.30 hacemos entrada triunfal en Puerto Aysén o lo más cercano al lejano Oeste. Es lunes 15 de Febrero, en el corazón del verano, pero acá las coordenadas del descanso y la diversión son otras. Nos dan en un almacén (otra vez el almacén salvador) un dato de cabañas y hostales. Vamos a las primeras y- a pesar del griterío que armamos en las afueras-de una especie de hostal, a las faltando para las 23.00 horas, nadie nos abre. Montescu, ingenuamente en la casa del lado pregunta si nos pueden alojar, lo que nos genera una risa en el intercomunicador. El portazo se escucha hasta a Arica.
Decidimos cruzar a cargar un poco de bencina a una Copec que está a escasos metros y donde nos derretimos en preguntas sobre alojamiento, sabiendo que a esas horas de la noche la posibilidades son escasas. Estamos en eso, cuando se nos detiene una patrulla de Carabineros, balizas al cielo, a un costado nuestro. Pienso para mis adentros en si veníamos rápido, si hemos sido violentos o hemos tirado muchas chuchadas al viento. Puede ser que hayan llamado a los funcionarios policiales desde el hostal donde no nos abrieron y donde teníamos un griterío guachaca, pero sería mucho. Veo bajarse a uno de los chicos de “verde” y me pongo con la guardia arriba preparando todo el abogado que somos y el respeto a nuestros derechos constitucionales y que soy profesor en la Universidad y que no me toquen; y que se las verán conmigo; y quedo helado: -De dónde vienen muchachos?- De lejos- le respondo. De Talca y la luz de mierda verde del carro policial me golpea los ojos. –“Bueno, anden con cuidado, el camino es complicado acá en el sur”-“La verdad- le digo- es que no encontramos dónde alojar”. “Cuál es el problema?”- dice el funcionario- si no encuentran en la calle principal donde “la Marcela”, nosotros golpeamos y le encontramos donde alojar”- Repite el cabo ante el silencio sepulcral de ambos. Estamos mudos, por dentro y por fuera. Sólo se escucha la respiración por el intercomunicador. Me están tomando el pelo  o es en serio?. La policía al servicio de dos motociclistas en medio de la noche más nocturna de la noches un lunes en medio de la Patagonia chilensis?.  – “Ya saben. Estaremos patrullando por la avenida principal. Si no encuentran nada. Nosotros los llevamos a cualquier lugar para que duerman. Nos buscan y los llevamos”-Continuó despidiéndose el funcionario en medio de la lluvia, de su satánica luz verde y su sonrisa de hombre bueno debajo de un uniforme que tanta distancia nos genera. Tiramos una risa nerviosa, casi tonta, sin saber en realidad el por qué nos estamos riendo. Por primera vez en mucho tiempo creo en “el amigo en su camino”. Y es que tal vez en este rincón del mundo se suavizan los odios, se acercan las voluntades y se respira al ser humano cerca de una fogata, en medio de un guitarreo cósmico, en el devenir de un mate bien caliente que sube y baja por la bombilla y que si se tapa, vuelve a sacar una sonrisa.     
        Nos vamos al centro- Que no es más que una calle- y vamos barriendo el lugar, letrero por letrero, casi puerta por puerta, hasta encontrar un lugar que dice “hospedaje”. Nos sale a abrir, a pesar de la hora, una voluminosa mujer con acento claramente argentino quien nos dice que le quedan piezas disponibles, por lo que se escucha en el casco un “Buena, huevón”. Y mientras saco las amarras pienso en el barco y en el mar y en la tripulación,  y en esta lluvia que no se despega y en la cocina del hostal desde donde sale buen olor. Y preguntamos por comida y nos preparan algo. La argentina oriunda de Comodoro, se esfuerza con su amabilidad tradicional, sin embargo no es lo mejor, pero las motos ya están guardadas y devoro un hueso con algo de carne y un camino de arroz que rescató la noche feroz. Y como pan con ají para hombres y me zambullo en una cerveza y con Montescu hacemos grandes pausas y pensamos en el día de mañana y le digo que mañana es mañana y que hoy quiero dormir y darme una ducha.  Al menos sólo se escucha la lluvia afuera, la lluvia de siempre, la que nos lleva de la mano a todos lados; y por la ventana, entre medio de un par de araucarias veo pasar esa luz de mierda, verde estroboscópica, que me encandila, que siempre detesto, pero que por primera vez me señala que acá, en Puerto Aysén, tenemos un amigo en su camino.    


    

martes, 8 de marzo de 2016

Las 32 horas de amor y odio.

CAPÍTULO II
LAS 32 HORAS DE AMOR Y ODIO.
Ancud- Quellón-Puerto “Raúl Marín Balmaceda”.
 14-15 de Febrero de 2016

Me despierta la lluvia.
El techo de la diminuta cabaña parece que va a estallar.
Acá no hay agua con baldes, sino simplemente la furia de los dioses en una madrugada de verano.
La isla de Chiloé no te puede recibir de otra manera. Puede que en medio Chile nunca llueva en verano, pero acá no. Acá los diez mandamientos acusan que nueve de ellos te puede llover y nos va a tocar.
Tengo hambre, pero no tenemos nada para el desayuno. Me queda algo de maní con miel de la tarde anterior y todo está dado para un mate, que torpemente dejé en Talca.
Nos duchamos. El agua tibia, nunca caliente. El puñado de maní salva el hambre y empezamos a cargar las maletas. Las motos están completamente mojadas y reviso nuestro arreglo chilensis del comando y pareciere estar mejor que de fábrica. Con Lucho hacemos maniobras propias del Circle du Soleil para girar las motocicletas que está a una distancia de 30 o 40 metros de la puerta de salida, pero en bajada. Logramos el cometido y sale a despedirnos nuestro “músico arrendador” comentándonos entre sus orgullos que ha tocado con la orquesta de Polonia y con algunos artistas de tevé y que tiene unas guitarras que valen lo que valía la cabaña, pero la verdad es que mi mente ya está en otro lado y lo escucho a “medio filo”. Su ego no alcanza a eclipsar nuestra única preocupación: Hay que estar a las 12.00 en Quellón para el embarque, ya que el barco sale con destino a Puerto Chacabuco a las 13.00 horas.
Ancud nos despide bajo la lluvia, en un camino asfaltado absolutamente nuevo, con un paisaje de cine que en prontos 80 kilómetros nos deja en  Castro, donde aprovechamos de cargar combustible y tomar un desayuno con papas rellenas y otros manjares de selección.
El camino, a pesar de ser asfaltado, debe hacerse con moderación ya que tiende a ser resbaloso. Nos aconsejan ir “piola” por el aceite que botan los camiones salmoneros.
No nos detenemos más tiempo en Castro y seguimos hacia Quellón, por un camino con asfalto recién terminado. Llueve con balde. A la antigua usanza chilota. El camino hay que hacerlo con cuidado. En total son 80 kilómetros más, donde hay algunos cortes propios de que "Vialidad" aún se encuentra habilitando en su totalidad el camino.
Cuando llegamos a Quellón, en medio de poderosas bajadas, sé íntimamente que dejaré de andar en moto, durante al menos 30 horas, pero al mismo tiempo, siento una curiosidad abundante de cómo resultará esta experiencia de navegar por tantas horas en alta mar- inclusive-sorteando la furia del Pacífico Sur.

Quellón desde el Mar



Montescu peleando por los amarres de la moto




Melinka y sus habitantes


Melinka

las carpas flotantes



La feria acuática




Los compañeros de tantos años 


Con el trofeo a casa
En Quellón nos dirigimos de inmediato al muelle y podemos constatar la congestión potente de personas, vehículos, mochileros, camiones y bicicletas- casi todos- esperando el famoso barco que nos llevará a Puerto Chacabuco. Nosotros estamos tranquilos, tenemos pasajes. Sin embargo esta tranquilidad rápidamente se quiebra, cuando estacionamos las motos y a un flaco- de riguroso casco blanco de seguridad-  que se encuentra cuadrando y coordinando la carga del barco-nos dice “que las motos se quedan abajo”-  ya que sólo hay tickets para pasajeros y el barco está repleto. Quedamos pálidos. El flaco se nota superado por la presión de tanto turista y lugareño que quiere viajar a la Patagonia indomable, pero mi moto no se va a quedar abajo. Son dos minutos de discusión, donde se me empieza a “salir el indio”, a lo que el flaco nos envía a las oficinas centrales de la Naviera Austral que se encuentran en la misma costanera. Con Lucho nos miramos con espanto y corremos a las oficinas que están a dos cuadras. En el camino vamos pensando en cómo variar el viaje y si es factible comerse un curanto en Quellón.
Llegamos a la mentada oficina atestada de gente reclamando hasta por el clima- nuestro transporte marítimo ya está embarcando- y más encima tenemos el número 98 de atención y recién van en el 70. Lucho tiene los tickets en mano y me mira con resignación. Salgo a la calle y comienzo a mirar a Quellón con cariño, como si me tuviera que aguantar por un par de días, pensando en alguna solución. En esos instantes, aparece una bella muchacha que parece es la jefa de las jefas y no respetamos orden de número ni nada y la abordamos explicándole la situación angustiante a lo que ella con una voz de los dioses y todos los ángeles nos dice: “véndele espacio a las motos, no se pueden quedar abajo”. Me dan ganas de levantarla en andas, de hacerle un monumento a la bondad, pero ella cierra todo con una inmensa e inolvidable sonrisa. Esperamos el turno y compramos los tickets para las motos y con Lucho nos damos un abrazo: Cresta, lo logramos otra vez.
Llegamos al muelle y me acerco al flaco sólo para decirle: “Flaco, las motos van. Así que avísanos cuando tenemos que subir”. Fue un pequeño gusto ante tanto mal gusto en nuestra primera entrevista.
 Como somos los últimos en subir (suben primero autos, camiones y camionetas), debemos esperar al lado del área de ingreso y se van juntando- como todas la veces que nos ha tocado- distintos viajeros en motocicleta que andan en las mismas que nosotros.
Curiosamente al lado nuestro hay una Honda twister 250 estacionada esperando el embarque, cuyo piloto es otro muchacho, en pantalones (no de moto) y una chaqueta- casual- de cuero con dos reflectantes horizontales, pegadas a la chaqueta, tipo huincha para autos. Se mi hizo ver a alguno de los personajes de “Dum and Dumber”, específicamente una mezcla de “Jim Carrey” u otro comediante del ramo, quien venía viajando por Chiloé y estaba esperando embarcar a Puerto Cisnes en nuestro mismo transporte. Nos contaba de su Honda reparada en el camino desde Santiago, con acero líquido en unas empaquetaduras y que pensaba hacer “La Austral”. La verdad que este personaje curioso, en una moto de calle, con neumáticos de calle, con ropa de calle, no dejó de llamarnos la atención y llevarnos a los inicios del motociclismo, esos con el diario pegado al pecho para el frío, la casaca de cuero que ocupábamos también para la fiesta del sábado y para el bautizo y los zapatos que no eran botas, bajo ninguna circunstancia. Este personaje, que se nos repetirá en parte del camino en tierra, más encima resultó ser un abogado, originario de Talca, con quien compartíamos varios amigos en común.
Del otro lado, se nos acerca otro motociclista, un flaco con pinta de Bob Marley en moto, cuya misión en el mundo es la paz y nada más que la paz. Él es de Valdivia y pretende ingresar unos metros a la carretera Austral viajando de Quellón a Chaitén en el próximo barco. Nos pide datos, lugares turísticos no eludibles que visitar en Chaitén y claro, lo primero que se me viene a la mente es el Yelcho, ese lago adorable incrustado en medio de la entrada a la Patagonia chilena.
Lucho ha partido a comprar unas empanadas de “jaiba-queso” que resultan ser de horno y que mantendrán nuestra humanidad por largas horas al interior del barco.
Llega el embarco y por fin estacionamos las motos en esta armatoste sin fin de barco denominado “Quéulat”, de origen y manufactura china (no dejo de tiritar); subvencionado por el gobierno para aumentar la comunicabilidad entre las islas de la Patagonia que ya veremos visita; con capacidad para 280 pasajeros y una barbaridad de autos y camiones; baños, comedores, cafetería, miradores y butacas para dormir (no literas) como si fuera un mega bus que transporta a toda la clase obrera y turística de la zona, que se acomoda como puede y soporta estas “32 horas” entre paseos y miradas al océano infinito, pero que por largo rato no hace más que matear y arreglar el mundo, que allá en la Patagonia resulta un poco pequeño.    
Lo primero que hacemos es sacarnos, en un rincón, la armadura y caminar por estos 4 pisos de barco, como seres normales, con pantalones, zapatillas veraniegas y mi arsenal de cámaras para registrar cada instante valioso. Allí podemos compartir de manera más cercana con el colega que viene en su Honda Twister, pero la verdad que a esa hora, cerca de las 16.00 hrs, sólo cunde el hambre, por lo que devoro la empanada de jaiba-queso que Lucho compró en algún local cercano a la costanera de Quellón y resulta ser un bocado.
Nos dedicamos a recorrer el barco, que para los lugareños que vuelven a casa en estos rincones del sur del mundo, son un espacio común, una fogata en torno a la cual, los vecinos sin número de puerta, sin nombre de calle alguna, comparten la mesa y la larga tarde en torno a la brisa que levantó y quitó a las gaviotas del horizonte. Ahí mismo el rugido de este animal y su motor furioso nos acerca a popa y como si fuéramos mocosos vemos la estela en el agua, como un dibujo perfecto del lápiz de un intruso sobre la marea.
Al salir de la isla de Chiloé e internarnos en alta mar, hay fáciles dos horas del más auténtico “rock’n roll”  y el vaivén, la batea, la jalea de esta mole comienza a cobrar sus víctimas que derraman su almuerzo por diversas partes del barco. Los mareos de los pasajeros no acostumbrados a estos bailes, van dejando su huella y son muchos los que no lo soportan ni sus estómagos tampoco. Allí mismo, mi compañero de rutas, afirmado de la baranda de cubierta, le recuerda al mundo que él pertenece a tierra y no al mar, dejando su humilde recuerdo. Afortunadamente pronto, muy pronto lograremos entrar a los fiordos y el baile con el que nos ha tomado el Pacifico, por fin hace honor a su nombre y nos suelta por un buen rato, como la chica bella que quisimos amar en el baile, pero nunca nos dio posibilidad alguna.
Llegamos a Melinka, donde desciende mucha gente y sube otra tanta. Allí me percato, que por esas breves horas deja el barco el grupo “Garras de amor” (que francamente no sé qué tipo de música tocan), para dar un recital es esta Isla, por lo que también nos dejan guitarras, bombos y otros instrumentos de viento.
En estas horas de viaje, ya casi me he recorrido cada rincón del barco y se me ha instalado una tremenda curiosidad: Dónde dormiremos. Las instalaciones para el efecto no son otra cosa que un gran salón donde hay butacas reclinables, así sea un gran bus ancho como una avenida de una ciudad argentina. Pero no son más que eso, butacas comunes y corrientes. Intento, ya venida la tarde, probarlas para el efecto, pero es imposible dormir en ese gran cementerio que, acogiendo a 200 personas, hierve en olores axilares, intestinales y con un calor propio de un caribe asfixiado con tres televisores que no dejan de pasar la programación de la tevé chilena para finiquitar el deceso. Se agrega a lo demás, como una yapa de los dioses, que los baños están en ese mismo salón, por lo que, literalmente, en breves segundos sientas el enmierdamiento correrte por todas las fosas nasales y tocarte el alma. En definitiva: No se puede dormir ahí.
Hablo con Lucho y la decisión es más o menos clara, vamos a armar las carpas. Ahora la cuestión es dónde. Hay espacios en cubierta, en algunos pasillos, pero queda descartada “cubierta” por lo sobre expuesto a los vientos y porque abiertamente, el barco está lleno y en el pequeño espacio que quedaba cerca de nuestras motos, nos dicen que “lo van a ocupar en la feria” (ya sabremos a qué se refieren con ello).
Por lo que se me  ocurre una tontera que es menos  absurdo que orinar contra el viento. En uno de los camiones con carro del primer piso, cercanos a nuestras motos, hay espacios suficientes en el remolque como para instalar nuestras dos tiendas. Punto aparte es que cada uno de nosotros hace años que decidimos dormir cada uno en su propia carpa, fundamentalmente por los serios alaridos que Lucho Montescu posee al dormir y roncar, pareciendo un motor V6 con escape libre, lo que impide conciliar el sueño de manera normal.          
Nos conseguimos, entonces, el nombre del dueño del camión y ya, avanzada la noche y dada su autorización instalamos las carpitas ante la “vista marciana” de los restantes pasajeros que no entienden nada. Inflamos los colchones y cada carpa parece una suite presidencial al lado de lo que había percibido en el salón de las butacas. Por lo que todo está solucionado y mi humanidad podrá descansar en buenas condiciones, no obstante, sea digno de otro relato y bitácora de viajes, la odisea para subir al carro del camión, propio de Tarzán o el hombre goma, que me recuerda a cada instante que de veinteañero me queda poco. Si te dan ganas de orinar en la madrugada, estás frito, más vale esperar hasta la mañana, porque bajar entre medio de autos, neumáticos y escaleras desde el camión no permitirá mejores perspectivas.
En esos mismos instantes nos hemos ido percatando que los camiones que están inmediatamente delante de nuestro “hotel” comienzan a abrir sus puertas y ya son cerca de las 23.00 horas. Trabajan arduamente descargando todo tipo de provisiones, mercaderías, vegetales, frutas, cigarrillos, gaseosas y algunas cervecillas que van ordenando- cual feriante- precisamente en el lugar vacío que quedaba y donde no nos permitieron armar nuestras carpas. Aparece una balanza, la infaltable calculadora y las bolsas colgando de un gancho del camión para rescatar la mercadería por el público que aún no aparece. La fruta es espectacular, de la mejor selección, la uva, los cajones de tomates como llamándome al Maule, piñas y una avalancha de aroma a cilantro y lechugas colman el ambiente, en medio de una oscuridad creciente, viento y lluvia que se desparrama por la cubierta y chorrea hasta las ruedas de los neumáticos, invadiendo el único espacio seco que va quedando en este jaboncillo que es la superficie de este barco. Las sandías vuelan por el aire, al igual que los melones, entre los peonetas que están listos y dispuestos de armar la fiesta a bordo.

A las 00.00 lavo mis dientes y me inserto en mi carpa para dormir, lo mismo que Montescu en su nuevo refugio Ferrino, que es la carpa más decente que le he visto en varios o muchísimos años a mi compañero. A eso de las 01.00 siento mucho ruido y me levanto para ver, probablemente, el espectáculo más emocionante de toda la travesía. La bocina del barco anuncia que llegamos a un puerto en medio de las tinieblas, de la bruma, como en una película de piratas. No se ve nada, sólo al final de la oscuridad aparecen dos ojos luminosos, un gato en medio de las islas de la soledad. Un par de estrellas en la vía láctea humana. Estamos llegando a “Puerto Raúl Marín Balmaceda” en el corazón de la región de Aysén, que según los datos oficiales tiene un poco más de 300 habitantes. Cuando atracamos, el muelle es iluminado por las luces del barco y probablemente estén haciendo fila la mitad de la población del lugar, donde logro divisar jefas de hogar, con parkas y abrigadas hasta los ojos que apenas se tiende el puente, abordan para iniciar el carnaval de la fruta, las verduras y la sobrevida. Porque este animal gigante de metal en estas profundidades del mundo, en esta esquina del paraíso y el infierno, no es otra cosa que la luz que ilumina el muelle, que la sobrevida del olvido de la patria y su canción nacional. Y el alma tiembla y me siento un reverendo estúpido al no ser más que un turista bobo en su tremenda motocicleta de varios miles de pesos, cuando una mujer me mira con una sonrisa enorme al llevar su kilo de manzanas hasta la próxima venida del barco. Y los aromas son tardíos, pero distintos. Acá he sentido distinto el aroma del cilantro y la caparazón de los duraznos que de un salto me trago y luego pago, como cualquier parroquiano. Esto no se puede contar y probablemente estas minúsculas letras no sean más que un fantasma de lo realmente vivido. Cuando, días más tarde, discuto con mi viejo sobre la disposición del chileno a venirse a estas lejanías y poblar de mejor manera la Patagonia, toda palabra se queda corta y parece una estupidez cuando no sabes lo que significa esperar una semana por una docena de huevos o el humo, compañero, de un cigarrillo. Nosotros estamos en Chile. Acá es la entrada al paraíso y las puertas del infierno, porque la vida es dura, como este viento que me parte la cara y no me deja fotografiar, como esta oscuridad que vamos dejando ahora que levantamos ancla y puerto “Raúl Marín Balmaceda”  se pierde de mi vista en su siesta diurna y nocturna. Las ventas anduvieron bien, aunque casi todo fue a “crédito”, según el registro en la libreta del mercader. No he andado un puto kilómetro en motocicleta en todo este día-madrugada, pero siento que he recorrido la vida con el azote de la Patagonia. Sin respiros. Sin pausas. Vuelvo a mi carpa. Mi primera noche sobre un barco está ahí. Siento que no somos nada. Una pelusa en medio del océano, un pedazo de viento muerto en la Patagonia. Duermo.                   

martes, 1 de marzo de 2016

Otra vez el Sur

CAPÍTULO I


Talca- Ancud, con aires de barco y navegación.
Cuando nos propusimos el viaje de este año, inevitablemente se nos vino otra vez el sur a la mente. Otra vez la Patagonia, pero con una clara diferencia: Gozarla. Disfrutar aquellos rincones que siempre, por bien o mal, hemos pasado como una flecha, como un gran torpedo sobre La Austral, concentrados en un camino que si le pierdes los ojos y la concentración amatoria de las manos te lleva al piso, a esa tierra sagrada que escupe la virginidad.
 El 2015 había sido un año duro. Otra vez me había tirado al quirófano con el mal de los males: Los aires de un infeliz cáncer que- para mi propia fortuna- logramos olvidar y extirpar. Así que no había otro plan que disfrutar, que no exigirnos en demasía- producto de las propias cirugías consulares- sino que mover las ruedas a las mejores fotografías del año.
                Lucho, prestó su abierto consentimiento a volver por tercera vez a la Patagonia chilena y argentina, fijándonos como destino, en un principio, la Tierra del Fuego, no antes sin disfrutar algunas de las bellezas, lagos y glaciares de la Austral. Queríamos fuere puro relajo, sin embargo, la voltereta de la aventura nos llevará a que sea, puro sacrificio, transpiración e inspiración para sortear los problemas de toda la marcha de la aventura en dos ruedas.
                Todo comienza, entonces, el Sábado 12 de Febrero, muy temprano.
                Por primera vez mi mujer, con su paciencia de un río de hierro iracundo, soporta y tolera que el 14 de Febrero, la fecha comercial del amor, su marido- piloto, no esté en casa.
                Me despido con ese “voy y vuelvo” que hace casi 10 años marca un pequeño quiebre, un pequeño instante de incerteza en el umbral de mis cuarenta años y de ver a los muchachos- mis hijos- durmiendo cuando el “pez inquieto” que llevo en mi alma, toma otra vez las banderas y se monta sobre las dos ruedas. Sé íntimamente que hay riesgos, sin embargo, mucho más riesgoso sería quedar con la mano empuñando el aire de saber que pude hacer del viento mi bandera y cerrar el circo por dentro.
                Entonces activamos el contacto de Margot y el motor bóxer otra vez vuelve de las profundidades, sonriendo en medio de sus aceites nuevos, sus neumáticos nuevos, su plumaje de viajera que tantas aventuras y derrotas ha caminado conmigo. Ruge y acepta la travesía total, sin quejas, sin morir antes de partir.
                El primer día nos debe llevar directamente a la Isla de Chiloé, a Ancud. Mi querido Lucho Montescu, ya tiene los pasajes que nos llevarán en barco desde Quellón- en la isla-hasta Puerto Chacabuco, en un viaje que está planificado en 32 horas. Tenemos tickets para nosotros, porque, según la logística, las motos pagan directamente allá, al momento de embarcar. Los tickets tiene fecha del Domingo 14.
                A las 09.00 horas de ese Sábado salgo desde Talca con rumbo sur y media hora más tarde recojo a Lucho que ya se encuentra en la carretera, afuera de Linares, casco en mano y radiante traje nuevo que estrenará en este viaje de “relajo”.
                No nos demoramos, aún con un calor creciente en llegar y almorzar en Collipulli en nuestro querido “Paleta”. Me hago de un pescado frito con ensalada y Lucho la respectiva “carne” a la olla, que amamantará tantas horas que no imaginamos ni en ningún libro “aguafiesta” que hubiéramos leído la noche anterior.
                Con la certeza que estamos en el buen camino y con ritmo de siesta, pasa la tarde y ya estamos cerca de Osorno y en breve se nos vienen los Carteles de Puerto Montt. Gracias a los “intercomunicadores” el viaje se ha hecho breve, pero empezarán- con la misma brevedad- las peripecias de este viaje.
                Quedamos en volver a cargar combustible cerca de Puerto Montt, sin embargo, no hay estación de servicio disponible, por lo que hay que cargar el bidón salvador, cruzar arriesgadamente la carretera a pie, y llegar a la Copec que está con dirección Sur-Norte. Lucho no le queda autonomía en su BMW 1150 y esos milagrosos 5 litros nos deben alcanzar para llegar a Chiloé. Yo aprovecho de que mi organismo se nivele con sus ansiadas necesidades biológicas y seguimos camino.
                Al llegar al peaje que nos lleva a Chiloé la respuesta es clara: hay combustible en el camino. Sin embargo, vencidos los primeros 25 kilómetros, no aparece nada de nada y Montescu viene estirando sus 5 litros de manera miserable. Decidimos, en consecuencia, entrar a Calbuco, 25 kilómetros al interior y ya se nos acaba la luz. Nos metemos un par de cafés en la estación de servicio y el cielo nos avisa de inmediato que el sur de Chile está al alcance de nuestra mano con nubes que se van cerrando y meditan sobre la necesidad de la lluvia sobre nosotros. Calbuco es pequeño, como un hueso perdido de Puerto Montt. Se respira campo y los lugareños nos miran como los marcianos que una tarde sin sentido llegan preguntando con hambre por la única estación de servicio del lugar. Después de tantos años, la famosa panne del combustible pareciera que nos quería visitar, haciéndonos más tontos. Lo evitamos de manera digna.
                Al llegar al peaje, un poco más de allá de Calbuco, y al caerse al suelo mi preciada moneda de 100 pesos, intento recogerla, pero mi juventud que ya no es tal, me traiciona. nos vamos con moto y todo al suelo. Todo por benditos cien pesos. La vergüenza nos hace levantar la motocicleta de inmediato. La vergüenza siempre te hace sacar fuerzas del submundo.
                Llegamos a Pargua, el embarcadero para cruzar el Canal de Chacao, ya sobre las 21,30 horas, con nubes cargadas, y una oscuridad satánica. Las motos ingresan en su primer transbordador de muchos que tendrán en este viaje. Diviso turistas de varias nacionalidades arriba de la embarcación, bicicletas a granel y un cielo cerrado que nos avisa que estos días en La Patagonia vendrán cargados de aguacero (a pesar que el informe del tiempo- como siempre- habla sólo de meros chubascos!!!!). La sensación siempre es distinta arriba de las navieras. Hay un aire de conquistar el mundo por varios segundos. Como que en el mar no pertenecemos a nadie más que al mar y el mundo deja de ser mundo y la libertad se multiplica, aun cuando estas motos estén amarradas y enjauladas como en un circo pobre. Siento que floto en medio de la no dominación y eso te hace sonreír, como estúpido, pero sonreír al fin.
Después de expresos 30 minutos llegamos a la Isla, en medio de la noche, siguiendo sólo el gps. Tras breves 18 kilómetros  o menos y ante la sorpresa del excelente asfalto llegamos a Ancud, en medio de la bruma y los “chubascos”. Y comienza lo de siempre: El Alojamiento.
Siempre van en nuestras motos las carpas de rigor, pero esta noche quiero dormir en una camita saludable. Ciertamente que el clima no nos invita a armar carpa alguna, ya que se ha puesto a llover.
Montescu, pregunta en un almacén cercano sobre posibilidades de hostales y nos dan un pequeño dato. Al instante llega un muchacho que nos indica que tiene “cabañas en arriendo”  y partimos con él. Sigue la oscuridad absoluta. Hay que descender unos 30 metros para dejar estacionadas las motos. Allí aparece una bella cabaña que nos recibe como primera noche. Desempacamos todos nuestros recurrentes cachureos y las amarras caen al suelo como pidiendo descanso, tanto como nosotros. Ya llueve y el arrendador, además de ser muy gentil, se incorpora a una menuda conversación en torno a nuestra llegada, no dando espacio a que siquiera nos quitemos las botas. Estamos dentro de la cabaña y la verdad que lo único que quiero es estar un rato tranquilo para sacarme la armadura, ducharme y buscar alguna cena en un lugar cercano. Ya son cerca de las 22.30 y mi estómago reclama alimento.
A los minutos, Montescu sale de la cabaña donde están estacionadas las motos y su exclamación no es la mejor: Margot, presa del barro en que quedaron estacionadas se ha ido de bruces a un costado. Resultado: Se ha quebrado la abrazadera que cubre la piña de los comandos. Llueve a granel y no tenemos cómo solucionarlo en medio de la oscuridad. Las exclamaciones en buen chileno sobre la mala suerte no se dejan esperar y mi estómago que reclama comida generan un bolo de desesperanza que a esa hora de la noche no tiene mucha solución. En definitiva, recurrimos, como buen tercer mundo, a las amarras plásticas, que sujetan el comando y que serán la solución definitiva por todo el viaje para dejar inmovilizado el comando.

No he visto nada de Chiloé. Ya me corre el agua por todos lados. Tengo hambre. mi moto está parchada y quiero pescado. Nos lleva, gentilmente el arrendador a un local, donde un par de amigos cantan a la noche de Ancud, algunos reconocidos temas entre copa y copa. Nuestro arrendador resulta ser un conocido músico de la zona y se luce en la guitarra. Me llevan una merluza que me queda en una muela y una papitas chilotas más chicas que mis sueños de niño. Las panzadas marinas tendrán que esperar. Siento la música en medio del cansancio. Termino cantando Elvis Presley en un improvisado escenario. Lucho reclama por la escasa comida. “The wonder of you”, me recuerda a casa, y que estamos tan lejos y que otro viaje ha comenzado. Recién hemos levantado velas. Mañana será muy largo. Llueve en la Isla. Odio el mal informe del tiempo.