jueves, 31 de marzo de 2016

El Pesebre de Puerto Tranquilo

CAPÍTULO V
EL PESEBRE DE PUERTO TRANQUILO.
Puerto Aysén- Puerto Tranquilo.
17 de Febrero de 2016.

Todo es asfaltado. Un bellísimo camino se nos va abriendo a Coyhiaque. Tal vez, hace tres años, cuando ya anduvimos por acá, no lo disfruté igual. Veníamos cansados, estaba cayendo la noche (para variar) y en motocicleta, cuando vienes con muchos kilómetros a cuestas, vas omitiendo paisajes y lo único que quieres es llegar. Esta vez lo hacemos de manera distinta. No hay lugar donde no quiera parar un rato para jugar y cambiar lentes a mi cámara que ha resistido de manera estoica todas las veces que la he sometido a castigo bajo la lluvia. La fotografía es otra de mis pasiones en las que todo aprendizaje teórico tiene su gran aplicación en estos paisajes donde cada media hora cambian las condiciones de la luz, las condiciones de frío con las que tiritan los dedos al momento de disparar y el viento que te hace perder la concentración siempre. La Gopro hace su trabajo sin quejarse. Las fotos con ella tampoco son erráticas, por lo que siempre va conmigo a todos lados. Montescu insiste en que su SJ4000 hace la misma pega por un cuarto de dinero, aunque al final del viaje, reconocerá, con la humildad de siempre, que la Gopro y su conectividad y compatibilidad hacen que sea insuperable. 
Llegamos, otra vez a Coyhiaque, como hace tres años. Camino completamente asfaltado que por casi 90 kilómetros nos separó de Puerto Aysén. La parada es sólo por bencina. Debemos apurar tranco. Ayer Francisco, en el Casino de Bomberos, nos ha advertido de los cortes en el camino, en específico, a la salida de Cerro Castillo. Hoy tenemos que llegar a Puerto Tranquilo. Según Francisco, los cortes empiezan a las 14.00 hrs. y el camino se reabre a las 18.00 hrs. Estamos atrasados. Las chiquillas van cargadas como lo que son: mulas o elefantes de metal que deben estar dispuestas para el maltrato. Miramos menos y aceleramos. En dos tiempos estamos a la entrada y cruce que nos separa para ir a Balmaceda o a Cerro Castillo. Nosotros seguimos a Villa Cerro Castillo y entramos en ese camino sinuoso, bello en esencia, donde se dice y según la señalética que hay que bajar la velocidad porque hay probabilidades ciertas que se cruce algún huemul en alguna secuencia, o algún “Bambi” o algún animal parecido que a pesar de estar en el Escudo Patrio, jamás, el noventa y nueve por ciento de la población, ha visto en su hábitat natural. Ahí me pregunto si no será mejor un quiltro, un musculoso y potente perro común y corriente que vista nuestro escudo patrio, como símbolo de ese animal noble, omnipresente en nuestros hogares, amigo a toda prueba, que no tenemos que venir a buscar a los confines de Chile para tratar de divisarlo. Preparo mi cámara, por si las moscas. No aparece ni un solo animalito. No tengo el privilegio. El huemul sigue estando en mi mente como un bichito café, amoroso, similar a los de Walt Disney, pero que nunca he podido ver. Paso lento, hago el último intento. Casi los llamo, Montescu se ríe con ganas. Estamos puro perdiendo el valioso tiempo. Volvemos a emprender el ritmo. Comienza a llover por quincuagésima vez en este viaje. Entre estas curvas llueve helado y los calienta puños van al máximo hace rato. Si me pudiera sentar en ellos lo haría gustoso. Son cerca de las 13.30 y ni siquiera he pensado en el hambre. Me asusta el hecho de quedar tirados hasta las 18.00 horas y tener que llegar- como siempre- de noche por la Austral, lloviendo- a Puerto Tranquilo.
Llegamos, con el aliento a Villa Cerro Castillo, todo asfaltado, a las 13.55. A 100 metros está el corte del camino por los funcionarios de Vialidad, quienes toman en sus manos los conos de tránsito para proceder a interrumpir la ruta. Les rogamos que nos dejen pasar y somos los últimos. No alcanzo a sacar ninguna fotografía, a pesar del ejército de mochileros que hay en el paradero, al lado del carrito del café y los sándwich.
El camino, en muy irregular estado, se encuentra en trabajos de ensanche, por lo que Vialidad ha determinado su cierre esencialmente por las tronaduras que en varias partes del camino hay y que genera escombros y derrumbes de consideración. En aquellos lugares hay grandes piedras filosas que hay que ir esquivando para no ir a tierra, pero qué más da, estamos en ruta y vamos a llegar a buena hora a destino, el hambre lo guardaremos en el bolsillo y, ahora que se ha abierto el cielo, y no cae agua, seguimos con cuidado por entre las rocas puntudas que rebotan en las llantas de la moto.
 Hay mucha gente trabajando en el camino, maquinaria pesada y diversos cortes, donde logro saludar a los muchachos con sus chalecos naranjos reflectantes, pero sólo a medias. No logro sacar completamente la mano derecha del volante para saludar. El camino es demasiado irregular y temo irme a piso en medio de un saludo con mucha fraternidad. Ellos entenderán las razones del por qué sólo resalta mi dedo, o dos, con mucha suerte, para el saludo de rigor. De improviso, hay malas señales de los dioses: En un punto determinado, ya avanzados varios kilómetros, un banderillero se niega a dejarnos pasar. El señor de unos bigotes potentes nos dice que el camino está cortado y que empezaron las tronaduras, así es que no debiéramos ni siquiera estar ahí. Comienza lo de siempre, las discusiones de que estamos en lo correcto y que fuimos los últimos en cruzar con la venia presidencial y de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. El hombre de los bigotes hace sus llamadas por radio en el idioma de los “radio aficionados”. “Sí, cambio”. “Dos motoqueros”. “Dicen que los autorizaron  pasar”. Nosotros con lo nuestro vía interna: “Qué se habrá creído este bigotucho”. Estoy que me bajo de la moto mientras se escucha por la radio “Que pasen”. Saca los conos, toma su paleta color verde (como en una película de Woody Allen somos los únicos de la fila) y seguimos. Risotadas van y vienen. El hambre aguanta ante tanta buena suerte. Efectivamente podemos percibir que el camino se encuentra en proceso de ensanche- no de pavimento- y que permitirá que no vaya mirando el barranco a medida que bordeamos un precioso río. Todo camina “sobre dos ruedas”, miel sobre hojuelas- dirá el siútico, hasta que aparece delante de nosotros una fila de unos 6 o 7 autos, detenidos sin marcha alguna. Son alrededor de las 14.50 horas y nuestro viaje llega hasta acá por el momento. Nos bajamos y nos señalan de manera invariable que el corte de camino se hace efectivo en este punto y que hay que esperar hasta las 18.00 para seguir adelante. Todo se viene abajo. Como que se cierran las cortinas. Nos bajamos de las motos, caminamos y sacamos fotos. Se nos acerca un matrimonio que va adelante en una Van con una tropa de chiquillos y que reclaman contra el gobierno, el Estado y todo lo que diga relación con lo público, por materializar arreglos al camino en época estival. La mujer señala que todo esto es porque este año hay elecciones municipales y se necesita gastar la plata. Allí ya no escucho mucho más. El hambre ha vuelto. No tenemos nada más que las uñas  para masticar y un poco de agua que queda en este descampado donde sólo hay unos cerros y un ripio que nos invita a pensar en casa y en lo que familia esté haciendo a esta precisa hora. No tenemos señal telefónica ni de internet. Faltan casi tres horas para que abran esto y terminaré comiendo un pedazo de neumático para calmar la panza. Montescu hace la magia de siempre y encuentra un pan que nos quedó de nuestros días en barco y que se refugiaba al fondo de su maleta. Es un pan solo, cercano a la dureza, pero que repartimos como en una última cena, como una hostia milagrosa que me sabe tan espectacular, que estoy claro que es lo más cercano a la “Fuente Alemana” y sus sandwichs macabros para levantar muertos de la 3 Oriente al llegar a la 1 Sur en mi Talca querido. Lo mastico con cariño, con lentitud, como que fuera ese chacarero querido, o un “cocodrilo” con un huevo frito encima; o un “chivito”, esos que comimos en el viaje a Uruguay en la “Pasiva”. En fin, podrían ser cientos de panes los que se me viene a la memoria, incluso esos benditos completos de “Donde Alex” – y de los que ya escribí hace un tiempo- pero no, no hay nada más bello y maravilloso que este pedazo de pan semi duro rescatado de las aguas profundas del Pacífico Sur en medio del barco que nos llevó por la vida y que ahora es nuestro único alimento. Para rematar esta tarde feliz, vuelve a llover, pero con la furia del hielo por unos 20 minutos sin parar. Los automovilistas se guarecen en sus enlatados refugios, mientras nosotros, nos volvemos a colocar cascos y todo lo suficiente para aguantar el chaparrón. No hay un puto árbol ni nada para refugiarse y resistimos la embestida de esta Patagonia a lo “macho”. Siento frío, pero no estoy mojado. Los automovilistas vuelven a salir de sus autos y la mujer prosigue reclamando en contra del Estado, del Gobierno, lo concejales. El cielo se abre, de improviso y sale el sol, como si nos sacar la lengua y nos dijera que el verano es una quimera.









Con este pedazo de bocado en el estómago y a fin de matar el tiempo, decido dormir una siesta. Me acuesto a orillas de camino, sobre las piedras, hasta que, separado de una alambrada, encuentro un mejor lugar sobre un pasto con aromas a animales de cuatro patas, pero que resulta ser un colchón exquisito. No sé. Tal vez una media hora descanso cuando mi compañero ya ha trabado amistad con otros automovilistas que osan contar a la velocidad que se desenvuelven en estas carreteras del sur del mundo, desafiando a cada momento a la muerte. No los entiendo. Venir a estos parajes a correr “el Dakar” es tan penoso como no traer la máquina fotográfica cargada. Tan así es lo que digo, que en el cargo camino para el sur y el norte, nos encontraremos con un desfile de automóviles y camionetas accidentadas, volcadas, quemadas, las que no tienen otra razón que la maldita paciencia que nos hace atacar el acelerador más de la cuenta. El ripio traiciona y quien no sabe manejar sobre él es mejor, mucho mejor que se quede en casa. En dos tiempos pierdes el control del vehículo y te sales del camino y esas horas de vacaciones se transforman como obra de gracia en la peor pesadilla, en la peor tormenta. En casa me esperan. Siempre digo lo mismo. Aunque no haya señal, aunque no me contesten el fono, aunque esté en otro país con esta pasión que se “hace odiar”- a veces-, pero siempre hay alguien esperándome en casa a que llegue entero.

La siesta


      Faltan breves minutos para que levanten la barrera y ya la poca gente que hace fila comienza a preparase para partir. Le digo a Montescu que deje pasar a los apurones, que necesito mi tiempo para las fotografías. Unos enajenados nos adelantan como filmando una película de “Rápido y Furioso”. Da igual. El paisaje es más hermoso que cualquier combustión forzada encomendada por el pie del acelerador. Además, en dos ruedas jamás podremos competir con un aterrizaje en la tierra y sus filosas piedras. Lo tomamos con calma. Avanzamos unos 500 metros y hay un nuevo corte. Comienza nuevamente a llover, a la antigua, y el casco con su visera, hacen las veces de un pequeño techo por el que corre el agua, como si este casco, este básico implemento fuere mi casa, mi única y pequeña casa en medio de la nada.

Por fin la fila patagónica, esta culebra de seres humanos ansiosos de destino, fluye. Vamos tras unas camionetas y el camino se va haciendo estrecho, una serpentina en medio de árboles milenarios, piedras y ese verde que no te deja, pero que voy viendo a medias porque comienza a llover fuerte. El ripio me pide concentración máxima y hay espacios de barro que no puedo esquivar. El ripio de la Carretera Austral es tentador. Pareciera firme, pareciera transitable sin problemas, pero siempre esconde una sorpresa. Los cráteres en el camino comienzan a aparecer y saltamos como trapecistas en nuestras motos pesadas y cargadas. Esquivas uno y te caes a otro. El camino es un puzzle indescifrable y ya son cerca de las 19.00 horas. Veo poco. Pierdo visibilidad con la lluvia y muchas veces debo abrir el casco y allí entra esa mezcla de bocanada de hielo y lluvia fría, pero que me permite concentrarme en los “eventos” que nos deja la ruta. La moto aguanta con hidalguía cada hoyo. Acelero por la falta de luz de algunos lugares. Se nos va a acabando esa lucecilla mágica llamado sol y no me gusta la conducción en estos lugares con poca visión. Siento un pencazo feroz, pero la moto no decae, me salta aceite. Se ha reventado la telescópica izquierda. Seguimos. Me va quedando poco combustible igual que a Lucho. Yo creo que llegamos a Puerto Tranquilo, pero Lucho se “inquieta” y su autonomía pide que recarguemos.









Llegamos a “Bahía Murta”, pueblo cercano al Lago General Carrera, de no más de 500 habitantes según los registros oficiales,  en medio de la lluvia. Dice un letrerillo que “se vende  bencina”, pero lo paso volando. No alcanzo a parar. Le aviso a Lucho por el intercomunicador  y se detiene. No hay berma y no puedo girarme. Pasan un par de autos que me tocan la bocina por estar en medio del camino detenido. Montescu se baja con su bidón rojo (el que ya nos salvó en otras ocasiones) y un muchacho en los confines del mundo tiene bencina 93 en unos galones desde donde vende el producto a granel. “Luca” el litro, sin asco, sin piedad.
Nos quedan jodidos 30 kilómetros de camino por la Ruta 7 hasta llegar a “Puerto Tranquilo”. Oscurece. Llueve cada 10 minutos con unas nubadas suficientes como para dejarte estilando. Veo poco. Pero nada como para cegarte y encontrar el “Lago General Carrera” en su inicio. Hermoso. Sin palabras para describir al segundo Lago más grande Sudamérica. Lago binacional que lleva el nombre del fundador de nuestro prócer patrio, fundador del alma independentista, de la Biblioteca Nacional  y el Instituto Nacional. Este lago no podría tener mejor nombre, aunque esté al fin del mundo. El “Carrera” es una inmensidad esmeralda, un país dentro de un país, una lengua inmensa ala que nada le sobra; un ojo que está presente en toda la Ruta 7 sur y eso se agradece, como un dios de la Patagonia al que le prendemos velas, para que nos ilumine.



Bajamos por las fotos de rigor y nos apuramos para no tener que llegar otra vez a destino en medio de la noche, cuando todo está cerrado. Estamos muertos de hambre. Mi última comida fue a las 09.00 A.M en el lejano Puerto Aysén y ese pancillo maravilloso en medio del corte de camino. Son casi las 20.00 hrs y en medio de muchas curvas, subidas y bajadas aparece una calle de adoquines que nos da la bienvenida a Puerto Tranquilo con el último suspiro de la luz de un frío que se recuesta en el Carrera.
     Hay mucho mochilero. Estoy fundido de hambre y vengo cansado a pesar de mi siesta sobre las piedras y el pasto. Ha parado de llover. No quiero carpa. Me encantaría una camita que nos permitiera descansar. La única calle de Puerto Tranquilo colinda con la playa de un Carrera majestuoso. Hay Domos turísticos instalados en esa especie de costanera que ofrecen tours a las “Catedrales de Mármol” y al “Glaciar Exploradores”. Ya están cerrando todos estos domos y sólo se hacen reservas para mañana temprano. Mi moto no tiene aletas así que otra vez volveremos al transporte marítimo. Llegar acá es llegar también a esas atracciones turísticas que debemos visitar.
Lo primero es lo primero, mientras veo a mochileros doblarse la espalda con sartenes y ollas colgando que seguramente, muy probablemente arrebataron a su mamá de la cocina. Otra chiquilla no se ve en la altura de ese bulto que amarra a sus hombros. Los mochileros se multiplican como en un plato instantáneo al que le agregas agua. Yo sólo quiero dormir y para variar, no hay nada. Todos los alojamientos en este pequeño lugar son precarios. Una cama. Un camarote. Nosotros queremos techo. Aunque vistas las proyecciones el camping se viene a la vista. Ya estoy decidido a eso, cuando se nos acerca un tipo que nos habla y nos ofrece una cabaña que está un poco más al sur, por el camino principal y que nos arrienda a 10 lucas cada uno. Nos parece formidable y le seguimos.
Al llegar el panorama cambia. La cabaña es cabaña, pero efectivamente está en plena construcción. El techo tiene visión directa al universo, pero estoy rendido y hambriento. Llego al baño y no veo ducha ni nada parecido. La respuesta es que no se ha alcanzado a construir, pero que no es necesario ya que te puedes bañar con el agua así tal cual, recién salida de la llave o, de otra forma, puedes correr y zambullirte en el río cercano. Quedamos pálidos, con el último rezo: “Y si no les gusta, chiquillos, pueden buscar otro lugar, pero a esta hora no encontrarán nada”. Nos quedamos. El hombrón nos regala un pan con queso que le quedaba guardado en alguna parte de la “cabaña” y un poco de mate. La residencia tiene dos habitaciones con 500 filtraciones de aire por todos lados, un comedor sin mesa, sin sillas, un cajón y un baño que nos recibe como primerizos. La cama es un recuerdo de infancia la “pequeña casa en la pradera” con una manta de castilla y almohada. Esto va a ser bueno. Nos quedamos.
 Con mucho cariño me lavo mis partes más castigadas en el olor por el viaje y mi humanidad tolera el agua al hielo con soberana dignidad. Nos vestimos y salimos a devorar lo que venga. Después de caminar por la Ruta 7 casi un kilómetro, llegamos otra vez al “centro” de Puerto Tranquilo, donde efectivamente hay un servicentro Copec donde los mochileros cargan sus celulares y donde me zampo un chocolate caliente y un poco de maní. Energía a la vena. Vamos al único “restaurant” abierto a esas horas de la madrugada (21.30 horas) y allí nos encontramos con una serie de gringos que andan conquistando el mundo: franceses, alemanes, italianos, quienes todo lo encuentran simpático y bonito. Algunos llevan más tiempo que yo sin agua por su cuerpo, así que me quedó en paz con mis propios olores. Cinco mil pesos, 5 benditas lucas me cuesta un pan, una especie de chacarero en el fin del mundo, que también resulta ser el fin de mi gusto por este exquisito pan. El pan está duro, sin sabor, y la carne tuvimos que emplear mucho esfuerzo e ingenio molar y metálico para cortarla. Estoy rendido. Montescu sigue masticando su pan para tratar de formar el bolo alimenticio que nos mantendrá hasta mañana. salimos. Compro chocolate para el desayuno y unas rebanadas de queso más dos panes. La dieta del pan, señores!. Rendidos volvemos caminando al “pesebre” como con una risa, hemos bautizado nuestro refugio. Ahora caminamos de subida. El kilómetro se hace eterno. En pleno verano, hace un frío que parte el alma. Estoy entumido. Saco mi secador de pelo (que por ese afán femenino me ha acompañado por tantos viajes) y otra vez aperra y me entibia. Hay viento afuera. Me acuesto con parka y casi con la misma ropa en el ejercicio más rotundo con mi propio aroma de caballo sudado y muerto. Tengo frío. El paisaje lo supera todo. Estamos en el pesebre, en pleno febrero, en el más Tranquilo de todos los puertos. Tengo ganas de orinar, pero el frío me detiene. Me aguanto. No me muevo. Duermo como la vaca del pesebre de la Patagonia chilena.                


lunes, 21 de marzo de 2016

Un Chocolate Caliente para Puerto Aysén.

CAPÍTULO IV

Puerto Aysén, Lago Riesco, Bahía Acantilada.
16 de Febrero de 2016.

La habitación es pequeña. Gracias a una ventana que recoge las ramas de una araucaria de la calle en un profundo abrazo, pudimos ventilar el espacio que me separa de Montescu. Hay una tevé colgada de 14 pulgadas con cuyo cable de corriente hacemos una especie de tendero dentro de la misma habitación. Normalmente, cuando dormimos en hostales o residenciales, en medio de la lluvia, ocupamos lo que sea para secar ropa. La idea es descansar un rato. Dormí sin vaivén. No siento el mar cerca, pero sí la lluvia que ha estado presente toda la noche. Trato de enviar un mensaje a los míos, pero acá la ”banda ancha” es “banda estrecha” y recién me llegan unos mensajes de mi vieja preguntando por Chiloé. Envío fotos de paisajes pasados que todavía no aparecen como “leídos”. Me canso de la “desconexión” torpemente. Como si mi oficina me persiguiera a todos lados. Bajamos prontamente por el desayuno que se incluye en este hospedaje dominado por esta argentina voluminosa en cariño y buenas vibras. La idea de hoy, es salir a caminar esta pequeña ciudad, fotografiar lo de siempre y mañana partir hacia el sur por la Ruta 7.  
Para variar, llueve. En mi triste inocencia, traje incluso short para baño por si había un río al alcance para un chapuzón memorable. Un grupo de amigos un par de semanas antes hicieron este periplo (sin tanto barco evidentemente) y tuvieron el sol de los soles sobre sus hombros. En ese mismo escenario, las únicas zapatillas que traigo son unas de verano, bastante respirables, las que visto el aguacero que hay en la calle, debo reforzar con el botín interior que traen las botas de la moto, que- supuestamente- son impermeables. Lo mismo sucede para arriba, salgo con la chaqueta de mi cordura que no debiera “pasarse”, ya que la otra parka que traje es más bien para el frío y con agua quedaría como manta de castilla de pesada.
Al poco andar por estas calles, el cielo se tira sobre nosotros como si fuéramos malos forasteros. Nos odia el sur con toda sus alma como una mujer despechada en cariño y besos; y mis zapatillas comienzan a ceder ante tanta laguna que le saca la lengua al pavimento. Puerto Aysén es básicamente una gran manzana donde se deposita el centro. Sin embargo, su gran atractivo puede llegar a ser el puente, tipo Golden Gate, que cruza el Río Aysén y que tiene una costanera hermosamente cuidada. Caminamos en ella, y notificamos la cantidad de personas que lo ocupan como unión peatonal entre un lado y otro de la pequeña ciudad. Hacemos las fotografías de rigor y las grabaciones en video pertinentes que causa sorpresa entre los transeúntes, que sospechan de algún programa televisivo viajero y que cada vez nos ven más mojados.


Golden Gate sobre Río Aysén 






Plaza de Puerto Aysén
Visto lo anterior, el estado de “diuca” en el que nos encontramos y que probablemente no hay tendero que pueda secar nuestra ropa es que decidimos quedarnos en Puerto Aysén, ir a una lavandería a aumentar nuestra ropa disponible y buscar alguna tienda que nos permita comprar nuevos calcetines (más invernales) y una chaqueta que combata los aguaceros cuando me encuentre de “civil”. Los precios andan a nivel central y en una de ellas nos disponemos a comprar calcetines nuevos y una chaqueta hidrorepelente. Parezco de shopping, como una señora con paquetes nuevos caminando por la avenida principal de Puerto Aysén.
En medio de tanto cielo oscuro en el inicio de mi cuello se me ha ido inflando una amígdala, cuestión de la que padezco desde niño, por lo que debo recurrir a mi querida amoxicilina, que curiosamente, también dejé en casa. Así que nos vamos a la farmacia cercana, para tantear el ambiente y ver si me venderán antibióticos sin receta. El farmacéutico, resulta ser medio callado, de pocas palabras, diría hasta desconfiado, hasta que le digo que somos motociclistas. Allí su cara se le llena de luz, me advierte si he tomado muchas veces el medicamento y me regala hasta un vasito de agua para tomarlo. Nos cuenta que no es de acá, que es del norte y que no se ha acostumbrado en la Patagonia. Que allá también tenía moto, pero que acá no se puede andar, que es muy corta la temporada. Que el clima te patea la humanidad y que luego, muy luego viene el invierno interminable y allí todo es más triste que ayer. En eso, cuando su rostro se ha llenado de luz, una señora muy encopetada reclama el por qué no se le vende “Omeprazol” para su estómago, sin receta y que ella lo consume- con prescripción- hace años, sin problema. El farmacéutico nos quita la atención y se hace cargo de la señora, quien nos habla y resulta ser otra talquina reconocida, dueña de una tienda, que junto a su marido andan de vacaciones. ¿“En Moto”?- exclama-¿Con esta lluvia?. El mundo es pequeño y hay que andar con cuidado. Menos mal que no andamos en malos pasos. En todas partes hay ojos y oídos. A la cresta del mundo te encuentras con conocidos. Chile es un pañuelo, señores!                
   Entre paseo y paseo, el obturador no ha parado de sacar fotografías y la hora de almorzar ha llegado. Preguntando arribamos a Roma y el Casino de Bomberos debe apagar nuestro apetito, vistiéndose de gala para recibir a estos peregrinos lejanos. El local es apetitoso por donde se le mire, buenos precios y platos talla XL dignos de todo motociclista que necesita energías para proseguir a la siesta. De improviso en la mesa de al lado llega para instalarse un perico que reconozco de inmediato. Francisco Javier Pizarro, alias “Fósil”- "Hobbit", amigo de toda la vida, que anda recorriendo la Patagonia en moto junto a su novia. El abrazo es de hermanos. La alegría de encontrar en la punta del precipicio del territorio a otro muchacho que sueña igual que yo, que vive los viajes por tierra como un gran carnaval y si son en moto es un canal directo con nuestras propias esencias, esas que nos permiten ver lo diminuto que somos. El almuerzo termina con una gran sonrisa y los deseos de que en Talca nos volvamos a encontrar y que todos, absolutamente todos, tengamos buen regreso. Francisco ya va de vuelta.
A fin de hacer más llevadero el almuerzo que hemos tenido en nuestras fauces, salimos a caminar lo que nos resta de ciudad, iglesias, plazas, fotografiando toda imagen que se pueda convertir en un recuerdo. En eso llegamos a una feria artesanal, donde venden plantas, manualidades, tejidos y algunas prendas de vestir. Le compro una camiseta a mi hijo más chico- como dicta la tradición de todo viaje- y saco la billetera para aferrarme a que la señora tenga cambio de 10 lucas, lo que no acontece. Me desconcentro. Le pido a Montescu  que vea si la talla de la polera le quedará bien a Lucas- mi chiquillo- y salimos raudos de la Feria. Se pone a llover otra vez. Estoy tentado con llevar zapatos ya que las zapatillas no aguantarán. Volvemos a la tienda de la mañana que está a punto de abrir. Allí están esos zapatos que repelen el agua y los compro, pues la tarjeta de crédito aguanta todo- supongo. Llego a la caja y, al igual que en un programa televisivo cuando viene el redoble de tambores para el pago, mi billetera desaparece. No está, por la puta madre. Y allí se me vienen todos los colores a la cara y la imagen nítida que el paseo de este año llega a su fin. En mi billetera está un poco de dinero en efectivo, mis tarjetas bancarias, mis documentos de conducir y mi cédula de identidad, junto a algunas fotos de mi clan. Vuelvo a revisar mi mochila y no hay nada. Parezco fantasma. Por largos diez segundos quedo en blanco y probablemente me haya colgado la baba de manera abundante. Se me vienen a la mente mis documentos de conducir que acabo de renovar y donde por vez primera salgo apetecible en la foto y donde al reverso señala claramente “uso de lentes de contacto”. El mismo scanner mental hago con mi Cédula de Identidad, que acabo de sacar y donde todavía aparezco con cara de post operatorio por ese cuasi tumor donde la pelá me tocó el hombro para anotarme en su libreta para siempre. Despierto, miro a Lucho y le digo: “cagamos”. Se acabó el viaje. No hay forma de seguir. Inevitablemente pienso dónde mierda dejé la bendita billetera de cuero regalada por mi mujer no sé para qué ocasión: Lo tengo!. Se quedó en la Feria de Artesanía. Lo curioso es que, como estamos en la tienda, no puedo ir corriendo yo, ya que tenía los pies tan mojados que pedí llevarme los zapatos nuevos puestos (claro, como el provinciano que llega a la ciudad), así que no puedo salir de la tienda. Lucho parte corriendo y todas mis esperanzas van en él. Le llamo en el intertanto y me anuncia que la billetera está. Que la señora de la Feria de artesanía la tiene, pero que no se la va a devolver a él, sólo a su dueño. Los colores vuelven. El cielo se despeja por un buen rato. Me da lo mismo que mi billetera no esté completa, pero con ella el viaje puede continuar. Me coloco mis zapatos mojados (los nuevos quedan en la tienda) y salgo como un correcaminos hasta que llego a la Feria y la señora me devuelve la “de cuero” y trato de abrazarla y decirle que nos ha devuelto los pasajes para el viaje. Nos sentamos un rato. Como que un pedazo de energía se ha ido. Como que hubiéremos corrido la “Maratón de Aysén” y hubiéramos llegado en el último lugar, rendidos, con el sudor helado de los condenados. Hemos estirado la suerte. La billetera está completa. La honestidad triunfa, porque quizás acá el mundo es un poco más transparente y la lluvia lava esa confusión que nos impidió volver a mirar a los seres humanos a la cara, o tal vez, son sólo elucubraciones mías en medio del post stress, pero lo creo y eso me deja tranquilo. He vuelto a creer, lo que no es malo.          
Volvemos a la tienda por zapatos nuevos y curiosamente el cielo se despeja.
Es hora de volver a las motos, aprovechar este claro en el cielo y visitar los lagos, que se encuentran a poca distancia de la ciudad.
Nos montamos otra vez en nuestras motocicletas y partimos al “Lago Riesco”. El sueño de todo pueblo es tener un lago hermoso, casi virgen, a escasos 26 kilómetros de la ciudad, aunque el camino sea malo, como casi todos los caminos secundarios en la Patagonia. Cruzamos el “Golden Gate” e inmediatamente te internas por un camino de ripio, de belleza escénica majestuosa y donde, de vez en cuando, aparece una casa que nos avisa que queda tanto por habitar en los rincones de Chile. Vuelve a llover hasta que llegamos a este lago, después de unos treinta minutos de marcha, donde, en pleno Febrero sólo hay tres familias y un lago desocupado completamente a tu disposición. Empiezan a caer goterones del porte de una piedra. Quedo pegado en la arena con Margot y Montescu me ayuda a salir. Difícil resulta describir en letras, comunes y corrientes, el espectáculo que tenemos en frente. En medio de unas montañas, aún con nieve, hay un precioso lago desocupado, al gusto y alcance de sus turistas. No debe haber más de 8 personas que prontamente se guardan porque otra vez empieza a llover. La fotografía es hermosa en medio de la bruma. Mi cámara se moja, pero qué más da. Quizás en cuánto tiempo más volveré por estos lados, aunque para serles franco el sur, siempre es el sur.


Lago Riesco












Volvemos con las motos a Aysén. Llueve copiosamente, sin embargo no he pasado ningún susto, por el momento. Valga el crédito a Manuel Escandón, quien antes de partir me dijo: “Bueno, bonito y barato”, Colócale neumáticos "Mitas" a la moto y la verdad, es que se han comportado a toda prueba a pesar que los amortiguadores de Margot gritan con cada hipo que reciben producto de cada impacto a la que la sometemos.
Por la mañana, alguien me había hablado de la “Bahía Acantilada”, algo que estaba cerca y era un balneario municipal. Cabe apuntar que, todos los lugareños de acá y de la Patagonia en general, manejan un concepto algo diferente de nosotros de lo que es “lejos” o “cerca”. Todo  está “al lado”. Esa conciencia de la “no propiedad”, de la “alambrada rota”, del descampado donde nada pertenece a nadie (aunque sean sólo ideas en un cabecita, porque acá casi todo tiene dueño), nos va habituando a un nuevo mapa, a un mapa imaginario y donde el reloj acá es de arena, corre lento y rápido a la vez, porque a las 21.00 hrs, está todo cerrado y no anda ni un alma en la calle.
Entonces nos apuramos y nos vamos directo ya de regreso a la famosa “Bahía Acantilada” que está a casi 12 kilómetros del centro de la ciudad, pero hacia la otra dirección. El camino a pesar de los esfuerzos de Vialidad y de cuanta máquina caminera existe es “malo” a secas y con un barro medio siniestro que lo hace abiertamente traicionero en cualquier momento. Yo me vuelvo a acordar de Manuel y el dato de los neumáticos y me vuelvo a encomendar al “Rey Mitas”. Ellos responden.
Arribamos a un lugar de ensueño. (otro más). Y otra vez, el lugar está con apenas 3 pericos que sacan fotos. Ya quisiera que Talca- la “fea” como le dicen- tuviera estos balnearios municipales. Recuerdo que estamos en pleno corazón de Febrero, en medio del dulzor de las sandías y el aroma del pastel de choclo; la ensalada a la chilena y esas camisas pegadas de sudor en la tarde diabólicas del sol sobre nuestras cabezas. Acá el país es distinto. No hay nadie. Es una gran laguna, con un ventisquero hermoso,  aguas cristalinas y abundante playa, casetas para salvavidas, arena lacustre suave y; en otro sector, parrillas comunitarias, quinchos. Madre mía!. El sur es el sur. Hay tanto que mirar, tantos lugares pintados o asemejados al paraíso, que todo, absolutamente todo parece habitual. La belleza es como un adjetivo común y corriente y parece ser que el patagón ha perdido conciencia de ese calificativo que hemos buscado tanto en otros lugares del país. Acá la belleza es una conditio sine qua non, para que el territorio sea territorio.

Camino a Bahía Acantilada

Bahía Acantilada


Tenemos tiempo de tomar las fotos necesarias y partimos de vuelta. Hay que ir a  buscar la ropa a la lavandería. Vuelve a llover y el camino se hace más malo que antes. Hace hambre. Hay hambre por todas las esquinas del mundo. Pasamos unos puentes y retornamos al centro de Aysén por nuestra ropa. No hay como la ropa limpia y si se trata de calzoncillos y calcetines, cuánto mejor. En épocas de emergencia, sirve siempre la técnica de ocupar por segundo día consecutivo la ropa interior por el revés, pero las consecuencias al olfato, atropellan cualquier encanto al respecto. Debo confesar que la técnica del “cochinazo” en rigor la he ocupado con antelación, pero la lavandería es un placer sin estaciones.
                El hostal nos espera. Nos abre la puerta nuestra voluminosa argentina, cuyos abrazos podrían alcanzar para un ejército de chilenos abúlicos, a quien le pregunto por el menú de esta noche. Lo recita con acento pegajoso de Comodoro Rivadavia: “Sopa de lentejas y Torticha de papas con milanesa de pocho”. Además, desde la calle ya me levantaba el aroma de la tortilla en sus ropajes cuajados por manos caseras que me recodaron a esa tortilla de mi abuela, fruto de unos inmigrantes valientes que cruzaron el Atlántico desde Málaga para recostarse en este lejano país hace tantos años.  La sopa de lentejas me deja con renovado ánimo. Afuera ha parado de llover, pero hay un viento que levanta a cualquiera, que parte el alma de los que venimos del norte, que nos hace tirirtar en medio del miedo de no saber cómo enfrentarlo, pero de a poco lo vamos domando. Llega la Tortilla y la milanesa y son un bocado. Primer día que cenamos como lo merecemos y como nuestra panza lo reclama. Hay un niño de la casa-hostal que no para de jugar con nosotros y que reclama más paseos de sus padres. Parece un gorrión enjaulado en su infancia. Nos despedimos y felicito a la argentina, porque se ha reivindicado del hueso con pellejo de la noche anterior. 
            Para despedirnos de Puerto Aysén, cerca de las 22.00 horas salimos a beber algo a un bar cercano. El pueblo ya casi se duerme. Encontramos lo único abierto en medio de este extraño verano donde nos graniza y nos levanta el viento. Estreno mi parka nueva y mis zapatos ad-hoc que no me canso de piropear. No paramos de recordar el “Lago Riesco” vacío, como también la “Bahía Acantilada” convertida en un verdadero “farwest” y lo que quisiéramos que, en Talca, “la fea”, tener unos instantes de verano semejantes preciosuras para hacer “patitos” desde la orilla con nuestras piedras lanzadas, en las competencias que hacemos juntos a nuestros hijos. Vuelvo a sentir la nostalgia de los míos en medio de estas montañas que hacen tiniebla, sombra y una estación invernal que nunca se aleja. Llegamos al bar, que es una especie de cafetería “barística”. Si alguna vez fuimos “motoqueros rudos”, creo que lo hemos perdido todo: Pedimos ambos un chocolate caliente ante la extrañeza de la mesera. Un chocolate caliente en Puerto Aysén que no es otra cosa que una pequeña brasa que me recuerda los inviernos en casa, en medio de Julio con las lágrimas de la lluvia tras los vidrios empañados, y me hace posible soportar el viento que me rompe la cara en medio de la soledad de las calles de este pueblo. Nunca olvidaré, cuando vuleva a encender mi motocicleta, que tal vez, el paseo de este año, pudo llegar hasta aquí, si no es por la honestidad monumental de la gente que me tocó compartir en el segundo y en el momento justo de estos días. Siento que el Sur nos ha tendido por fin sus brazos. Se acaba el Chocolate Caliente. Una servilleta en la boca me despide definitivamente de estos vientos y Puerto Aysén es un recuerdo.          

  

lunes, 14 de marzo de 2016

Un amigo en su camino

CAPÍTULO III
UN AMIGO EN SU CAMINO.
Puerto “Raúl Marín Balmaceda”-“Puerto Aysén”.
15 de Febrero de 2016.



Entrar en la mañana a la zona de las butacas es un acto de suprema valentía. El aroma a conjunto humano y a destellos intestinales hace que trate de lavarme por partes en el baño, pero ahí conmigo hay un ejército de seres humanos en las más diversas tareas y donde terminas lavándote sólo la cara. Así a manotazos, como obligando a tu cuerpo- en este caso a mi cara- que huela a limpio. No es suficiente. Salgo medio derrotado por esa conciencia india que todos tenemos de la insuperable limpieza del cuerpo. Vuelvo a la carpa y Lucho me indica el dato: En el salón VIP del barco (que lo tiene, aunque no se crea), hay duchas calientes y mi compañero lo acredita porque viene toallita en mano y luciendo su frescura y lozanía de "macho patagón" a toda prueba. Así que agarro mi toalla, cepillo de dientes e ingreso como espía en la zona prohibida. Mando un “buen día” a la teleaudiencia reinante en el espacio selecto e ingreso a un baño cuasi privado, casi de hotel donde largo el agua y por fin sale caliente y allí me ahogo y largo mis mejores cantos en “sol mayor” y adoro este barco chino que es como mi casa. El agua está a temperatura como para pelar pollos en la cazuela de campo, pero no me desagrada en lo absoluto. Me despiertan de la gran velada, un golpe en la puerta con apuro- quizás intestinal- a lo que se le responde con el macho “está ocupado”. Qué se habrán creído, caramba!. Nadie me quitará la ducha ni el placer de un spa en medio de los fiordos del sur.   
Ya de vuelta y radiante, y engullido un pan de desayuno, la gente se apresta a mediodía a llegar a “Puerto Cisnes”. Un buen número de parroquianos llegarán hasta acá. Aún hay verdura tirada sobre el piso del barco producto de la juerga mercantil de la madrugada y yo estiro mi manito chilensis para hurtar un gajo de uva que resulta más sabroso que todas las uvas que he masticado en mis cuarenta años. No creo engañar a nadie. Fue sólo un gajito. Me acuerdo de mi vieja y las enseñanzas infantiles de la fruta lavada y el tifus que tuve como a los 5 años y que me dejaron un cumpleaños en cama, pero es harina de otro costal. Esta vez la fruta no se lava.
En la recta final para llegar a Cisnes, se divisa el ventisquero del Quéulat desde el lado contrario en un espectáculo que hace que todos los pasajeros saquen sus máquinas y celulares y traten de capturar de manera agónica, sin más posibilidad que el minúsculo zoom de la tecnología, las pinceladas de la belleza más pura, esa que se nos ha ido entre los dedos y tenemos que recorrer cientos de kilómetros para volver a dominarla en medio de los recuerdos de un continente que lo tenía todo y que lo hemos ido degenerando como un mal chicle sin sabor.
Puerto Cisnes



Puerto Cisnes está ahí. Nuestro colega y amigo de la Honda Twister baja acá, así como mucha gente. Es pasado mediodía y llevamos 21 horas dentro del barco. No he descendido ni un solo minuto y la mega estructura ya casi me parece normal, como refugio. En Puerto Cisnes la conexión de internet mejora y parece ser un lugar más habitado de los restantes que hemos visitado. Íntimamente recuerdo que mi amigo, el magistrado y novelista Juan Mihovilovich se ha venido a radicar a esta poblado como Juez de Letras, para poder escribir en paz y mirando el entorno, lo entiendo.  Me genera cosquillas esa posibilidad mágica de bajar y decirle a la tripulación que detenga el barco mientras voy en busca de Juanito Mihovilovich para conversar un café (aprovechando que me encuentro bañado). Despierto. Levantan el puente y unos muchachos siguen pescando en la orilla, mientras el Quéulat se aleja y nos volvemos a meter en los fiordos. Quedan ocho horas más para llegar a “Puerto Chacabuco”, lo que, en un análisis muy posterior, bajando el almuerzo que por primera vez compraremos en la cafetería del barco y que resulta ser muy suculento, resulta agotador e innecesario. Son ocho horas que podríamos hacer por tierra, pero ya estamos acá y en realidad, por tierra ya lo hemos realizado un par de veces en años anteriores, aunque, con el nivel de “progreso” de la Austral norte, uno nunca sabe si eso ya estará pavimentado o no.
Por la tarde y a eso de las 15.00, en medio de los fiordos que ya se hacen parte del paisaje esencial al ojo de los motociclistas embarcados, recalamos en “Puerto Gaviota”. Una pequeña caleta sin calles donde el elemento de transporte es la lancha entre los vecinos y donde prosigue el tráfico de mercaderías y frutas, como ya lo habíamos visto en la madrugada.








Nos queda la última estación y es acá donde bajan casi todos a eso de las 18.00 hrs. “Puerto Aguirre” está ahí, como un bello pueblo, con calles y una  hermosa costanera. Así como baja una enorme cantidad de chilenos anónimos, vuelven a abordar una serie de personajes con sus maletas y que efectivamente le dan el verdadero uso a este medio, esto es, el de conectar, el de ser el Transantiago patagón- pero que- con sus bemoles- funciona.
Puerto Aguirre.




A estas horas del cuento, ya estoy como león enjaulado. Soy amigo de casi toda la tripulación y uno de ellos me ha conseguido papel higiénico para las respectivas tareas biológicas. Me ofrece un cigarrillo, uno de ellos y ríe al ver que no fumo. Me cuenta que, en las noches de invierno, el pucho es el mejor compañero. Me cuenta de los extenuantes turnos. Cada 27 o 28 días de embarque, hay 10 en casa. Que la tripulación es de todas partes de Chile. Que los tratan bien. Que el “rancho” es bueno. Que tienen buenos baños. Que su pega no la cambia por nada del mundo. Que ha sido un agrado conocernos. La gente de mar como que en cada nudo que aprende a hacer, en cada ancla que tira al océano, va fundando su compañerismo. En este rincón de los rincones del mundo, no se puede solo, la palabra soledad se deja en alta mar, para abrir paso al camarada.  
Comienza a llover. Cae la noche y el arribo a Puerto Chacabuco lo anuncian para las 21.30 o las 22.00. Quedan muy pocos autos y ha llegado el momento de vestirse, guardar las carpas, y sentir esa lluvia en la cara, antes de volver a tomar el casco, ese bendito objeto con el que me siento más seguro que con cualquier cosa, sin una explicación lógica. Serán los años y la cantidad de cascos que han pintado mi cabeza que no me imagino ni un metro sin él.
Cerca de las 21.45, arribamos a “Puerto Chacabuco”, con viento, lluvia y todos los pasajeros fuera. Somos los últimos en salir. Las motos permanecen amarradas como si no quisieran despegarse del gigante de metal. La tripulación se resiste a desamarrar a las chicas que no han estallado en sus cámaras de combustión, sino para activar de mejor el compresor para inflar los cochones la noche anterior.
Ahí estamos. Intercomunicadores en “on” y salimos del barco en una despedida con el pulgar en alto frente a la tripulación, frente a esta armatoste que fue nuestro refugio, nuestra tabla flotando en la inmensidad de un océano duro como el diamante feroz de un continente que se negó a desaparecer antes. Me emociono, porque cuando han sido tantos viajes alrededor de Sudamérica en motocicleta, acá se respira una soledad de patria y mujeres y chiquillos, que no se compara con otras vueltas por el mundo. Sigue este viento que es de mierda, pero que ya es mi amigo.
No alcanzamos a andar cincuenta metros y debemos registrar nuestra salida en Aduanas. Nos dan el dato del tour a la “Laguna San Rafael”, que lo organiza el Hotel de “puerto Chacabuco” a precio de gringo y para gringos, por lo que se nos escapa del “diezmo” que traemos para este viaje. Nos quedará pendiente o será un regalo que le haré a mi mujer en el futuro cercano.
Cuando vuelvo a subir a la motocicleta, dos cuadras sin asfaltar nos traen de inmediato a la realidad en medio de la oscuridad que estamos en la Patagonia. Dos cuadras con cráteres alienígenas donde la moto brinca con su peso y saluda al sur del mundo otra vez. Atrás quedarán las olas y la batea del Pacífico. Ahora o da tiempo ni para filmar ni para fotografías.  Es el primer homenaje del off road con los que Puerto Chacabuco nos abofetea y nos indica que el destino es Puerto Aysén, donde a estas horas de la noche debemos encontrar un liugar para alojar en un lunes donde otra vez llueve y más encima llueve helado. Siento pedazos de roca que caen en el caso y no es otra cosa que granizo. Ruta nocturna, por enésima vez para llegar a destino. 17 kilómetros en medio de la “boca del lobo”, granizando y sin lugar de alojamiento conocido en un lunes sin arte ni parte. El Gps manda sin que le reclamemos nada. El relajo de las iniciales conversaciones sobre este viaje se ha largado muy lejos, como si siempre tuviere que llover y todo ser tan, pero tan oscuro. Es que a veces pedimos un poquito más de luz, pero nos cuadramos con la idea que toda la Patagonia ha sido construida, elevada y rescatada en medio del olvido de una autoridad en las tinieblas, de un país cuyo eco del norte, viene apenas.   

Siempre nos hemos preguntado con Lucho, en esas horas que matamos en un semáforo, por qué crestas siempre tenemos que llegar en la noche a todos lados, en medio de la penumbra, cuando todos los pestillos han sido cerrados por dentro. Debieran empezar al revés las horas del reloj.
El Gps me dice que falta un kilómetro para Puerto Aysén, lugar donde nunca antes hemos estado. El camino, no obstante ser asfaltado, con el granizo y la lluvia se ha puesto medio jabonoso por lo que lo besamos con cariño. A las 22.30 hacemos entrada triunfal en Puerto Aysén o lo más cercano al lejano Oeste. Es lunes 15 de Febrero, en el corazón del verano, pero acá las coordenadas del descanso y la diversión son otras. Nos dan en un almacén (otra vez el almacén salvador) un dato de cabañas y hostales. Vamos a las primeras y- a pesar del griterío que armamos en las afueras-de una especie de hostal, a las faltando para las 23.00 horas, nadie nos abre. Montescu, ingenuamente en la casa del lado pregunta si nos pueden alojar, lo que nos genera una risa en el intercomunicador. El portazo se escucha hasta a Arica.
Decidimos cruzar a cargar un poco de bencina a una Copec que está a escasos metros y donde nos derretimos en preguntas sobre alojamiento, sabiendo que a esas horas de la noche la posibilidades son escasas. Estamos en eso, cuando se nos detiene una patrulla de Carabineros, balizas al cielo, a un costado nuestro. Pienso para mis adentros en si veníamos rápido, si hemos sido violentos o hemos tirado muchas chuchadas al viento. Puede ser que hayan llamado a los funcionarios policiales desde el hostal donde no nos abrieron y donde teníamos un griterío guachaca, pero sería mucho. Veo bajarse a uno de los chicos de “verde” y me pongo con la guardia arriba preparando todo el abogado que somos y el respeto a nuestros derechos constitucionales y que soy profesor en la Universidad y que no me toquen; y que se las verán conmigo; y quedo helado: -De dónde vienen muchachos?- De lejos- le respondo. De Talca y la luz de mierda verde del carro policial me golpea los ojos. –“Bueno, anden con cuidado, el camino es complicado acá en el sur”-“La verdad- le digo- es que no encontramos dónde alojar”. “Cuál es el problema?”- dice el funcionario- si no encuentran en la calle principal donde “la Marcela”, nosotros golpeamos y le encontramos donde alojar”- Repite el cabo ante el silencio sepulcral de ambos. Estamos mudos, por dentro y por fuera. Sólo se escucha la respiración por el intercomunicador. Me están tomando el pelo  o es en serio?. La policía al servicio de dos motociclistas en medio de la noche más nocturna de la noches un lunes en medio de la Patagonia chilensis?.  – “Ya saben. Estaremos patrullando por la avenida principal. Si no encuentran nada. Nosotros los llevamos a cualquier lugar para que duerman. Nos buscan y los llevamos”-Continuó despidiéndose el funcionario en medio de la lluvia, de su satánica luz verde y su sonrisa de hombre bueno debajo de un uniforme que tanta distancia nos genera. Tiramos una risa nerviosa, casi tonta, sin saber en realidad el por qué nos estamos riendo. Por primera vez en mucho tiempo creo en “el amigo en su camino”. Y es que tal vez en este rincón del mundo se suavizan los odios, se acercan las voluntades y se respira al ser humano cerca de una fogata, en medio de un guitarreo cósmico, en el devenir de un mate bien caliente que sube y baja por la bombilla y que si se tapa, vuelve a sacar una sonrisa.     
        Nos vamos al centro- Que no es más que una calle- y vamos barriendo el lugar, letrero por letrero, casi puerta por puerta, hasta encontrar un lugar que dice “hospedaje”. Nos sale a abrir, a pesar de la hora, una voluminosa mujer con acento claramente argentino quien nos dice que le quedan piezas disponibles, por lo que se escucha en el casco un “Buena, huevón”. Y mientras saco las amarras pienso en el barco y en el mar y en la tripulación,  y en esta lluvia que no se despega y en la cocina del hostal desde donde sale buen olor. Y preguntamos por comida y nos preparan algo. La argentina oriunda de Comodoro, se esfuerza con su amabilidad tradicional, sin embargo no es lo mejor, pero las motos ya están guardadas y devoro un hueso con algo de carne y un camino de arroz que rescató la noche feroz. Y como pan con ají para hombres y me zambullo en una cerveza y con Montescu hacemos grandes pausas y pensamos en el día de mañana y le digo que mañana es mañana y que hoy quiero dormir y darme una ducha.  Al menos sólo se escucha la lluvia afuera, la lluvia de siempre, la que nos lleva de la mano a todos lados; y por la ventana, entre medio de un par de araucarias veo pasar esa luz de mierda, verde estroboscópica, que me encandila, que siempre detesto, pero que por primera vez me señala que acá, en Puerto Aysén, tenemos un amigo en su camino.