martes, 12 de abril de 2016

Entre el Mármol y El hielo

CAPÍTULO VI
Entre el mármol y el hielo.
Puerto Tranquilo.
18 de Febrero de 2016.

No puedo. El agua está más fría que la remierda. Agarro un par de palmas llenas de agua y me lavo la cara. Alcanza para las axilas y otra parte púdica, pero si sigo, mis amígdalas se inflaran como un globo y el viaje se transformará en el carnaval del moco y la fiebre como fue hace un par de años, te acuerdas, Montescu?. Cuando manejabas con temperatura y ya no te escuchaba por el intercomunicador por esa congestión de siempre?. No. Me conozco. El lavado llega hasta acá no más. Por si acaso, vuelvo a tirar otras manos llenas de agua a la cara y una yapa a las axilas. Montescu se levanta y hace el mismo precario ejercicio. El objetivo de este día está más o menos claro. Nos quedaremos un día completo acá, visitaremos todos los atractivos turísticos y partiremos por cambiarnos de lugar de alojamiento.
Lo primero es lo primero. Vamos a ir a las Catedrales de mármol, aprovechando que es muy temprano.
El Amanecer en Puerto Tranquilo

Dejamos las motos cargadas en el pesebre que nos ha alojado y partimos a buscar un servicio turístico que nos lleve por el Lago General Carrera a estos monumentos naturales. El servicio turístico no es otra cosa que un bote con un guía- muy bien documentado y preparado- que apenas la lancha llena su capacidad con pasajeros- se interna por largos 45 minutos en las profundidades del Carrera para ir hacia el sur y arribar a las cavernas y posteriormente a las Catedrales de Mármol. Así, nos volvemos a subir a botes y en medio de un frío que nos hace cubrirnos hasta la cara, emprendemos viaje, cargados con todas las cámaras y lentes posibles.
Por primera vez en muchos días La Patagonia feliz nos da una tregua y tenemos un día feroz de sol, el que vamos a aprovechar a concho. No veo nubes en el cielo y ya les saco la lengua, con el miedo que este cielo se encapriche y nos vuelva a mojar como casi siempre.
El viaje en bote es una maravilla. Vamos 6 pasajeros más el guía, cuidadosa y estratégicamente sentados. El transporte lacustre empina la proa y nos salta suficiente agua como para quedar mojados. Lo cierto que el Carrera es un espejo de un gran océano, una monumentalidad con la que cualquier palabra se queda estrecha. El guía explica sobre las formaciones rocosas y los millones de años que están prontos a salir a nuestra vista. Hasta que llegamos a las “cavernas de mármol” que la verdad dejan mudo. Parezco vaquero del lejano oeste sacando cámara de fotos y de video para tratar, aunque sea poco, recoger estas formaciones de mármol que retratan lo pequeño y diminutos que somos, los miles de tiritones que se ha sacudido la pacha mama, los millones de ojos que aplaudieron estas maravillas que justo- para nuestra fortuna- están en el lado chileno del lago.
















   
Para los claustrofóbicos, el ingresar a las cavernas y las cuevas de mármol puro, cuando no puedes levantar la cabeza so pena de reventártela con el techo -también de mármol- puede ser un desafío interesante. El bote o lancha- como ustedes quieran llamarlo- alcanza a detenerse, a sostenerse en estas turquezas aguas, como suspendido, como si tocara al hombro a la belleza y le pidiera permiso para que estos intrusos alcancen a dimensionar los siglos y millones de respiros que la humanidad vio pasar en estas formaciones que efectivamente hacen persignarse hasta a los más agnósticos. Nunca tuve al alcance de mis inquietas manos, tanto mármol repartido e interminable.
Salimos de las cavernas, y con un mismo relato, vamos a la Catedral de mármol y a la Capilla. Muchos botes circundan la Catedral, como un conjunto de tiburones circunda la amada presa. Las cámaras se hacen pocas y cada cual saca su mejor réflex, bridge o mirroless para dejar testimonio de que se estuvo ahí. Me falta tiempo. Me falta un micrófono para relatar con verdadera decencia en la cámara lo que estoy viendo. Tal vez es mejor callar. Todo es tan hermoso que parece ambientado artificialmente, en esa sensación estúpida que sólo las películas de Hollywood nos pueden mostrar la belleza.
Volvemos en este bote y tengo la sensación junto a Lucho- que no se cansa de repetir “La Cagó”- que el viaje al sur del mundo está más o menos pagado. Pensar que las dos veces que en nuestras motocicletas anteriormente recorrimos la Austral, nunca nos detuvimos en este lugar, tal vez, en ese loco afán de abarcar todo lo posible en pocos días de permiso laboral, familiar o qué sé yo, de tan rápido que queremos vivir la vida.      
Otra vez pisamos tierra firme, agradecido de este privilegio que debiera ser un derecho para todo Chile. 8 mil pesos por persona nos costó este encuentro cercano con la hermosura y la tranquilidad de saber que no hemos evolucionado mucho desde aquellas formaciones milagrosas en medio del Carrera, pero mientras mis reflexiones cunden por la cabeza, Lucho otra vez me despierta y me señala que debemos ir a buscar las motos y buscar un nuevo lugar para alojar. El pesebre nos terminará matando de frío y quiero bañarme con unas ganas soberanas de inundar mi pliegues más púdicos de agüita caliente con un poco de jabón. En ese estadio de cosas, corremos al pesebre que está arriba de una loma, literalmente y nos encontramos con el dueño de éste, quien amablemente nos conmina a que abandonemos la “cabaña” y busquemos otro refugio porque “su cabaña” no tendrá baño en los días sucesivos, a pesar de sus promesas de la noche anterior de que aparecería una ducha. Yo siempre creí en el viejo Pascuero.
Agradecido de este pastor y su pesebre, bajamos al pueblo a buscar nuevo alojamiento, pero ya son las 11 de la mañana y está todo copado y veo el desfile de mochileros, que como un gran ejército de hormigas repletan todo lo repletable. Con esa pizca de suerte que nos ha traído un día completamente despejado, con un sol maravilloso que como nunca antes podíamos haber visto en la Patagonia, en una casa de esquina, una señora dispone de una pieza con dos camas. (Ya nos habían ofrecido una pieza con una cama matrimonial, pero el “amor” por mi amigo Montescu, no da para tanto), así que felices desembarcamos, sin antes preguntar si había ducha caliente, frente a lo cual, la afirmativa nos saca una sonrisa. La pieza es normal, pero el baño es un potrero, todo en medio de una familia que arrienda sus piezas para solventar el invierno que acá debe ser tan duro como una espada afilada que se lleva a los débiles. Así sorteamos juguetes de un nieto y un millonésimo recuento de “Sábados Gigantes” que la familia está viendo en potente LCD en el living.
Margot sangra por la telescópica izquierda. Ya no es un poco. Es como una herida abierta por la cual mi caballo va pidiendo que nos detengamos, pero no le voy a hacer caso. Este tanque alemán debe aguantar, es de la vieja escuela y charlamos con Lucho que, pasando a Argentina, lo repararemos. Debe haber un retén en algún pueblo al otro lado de la cordillera. Sin perjuicio de lo anterior, comemos algo poco, que no dejan de ser unos galletones de avena que adquirimos en la Copec del pueblo y nos largamos a buscar el “Glaciar Exploradores” 54 kilómetros al interior de Puerto Tranquilo. Son cerca de las 13.00 horas y avanzamos por un camino de ripio en regulares condiciones que se interna hasta llegar a la entrada del Parque Nacional Laguna San Rafael, en medio del típico paisaje austral, estrecho, con nalcas a las orillas, cascadas de agua y un camino que pareciera lleva a un premio final. Margot sigue sangrando, pero he endurecido la suspensión del telelever para que haga casi todo el trabajo y así calmar un poco su dolor.



Después de una hora llegamos a un recinto que en principio- es administrado por la CONAF, mientras que más adelante hay un sitio privado donde está la entrada al mirador del “Glaciar exploradores”. En un amplio estacionamiento dejamos las motos, junto a otras “KTM” extranjeras.
Cruzando el camino- o lo que se espera de él- hay una recepción y la lista de precios que nos empiezan a hacer sangrar los ojos y tiritar la bencina de 93 octanos que ponemos a las motos.  $60.000 la caminata de 4 horas a las cuevas y al glaciar mismo. A ella hay que llegar tipo 07.00 de la mañana junto a un guía. El otro servicio a ofrecer no es más ni menos que acampar en las cuevas mismas del glaciar por 150 luquitas- dos días y una noche, con guía. Lo más barato son $4.000 por persona para hacer un trekking de una media hora o cuarenta minutos hasta la cima del mirador, pasando por entre el bosque. Conversamos breves palabras con el encargado y pagamos las 4 luquitas, dejando el casco, las chaquetas y bolsos de estanque en esta recepción. Subo sólo con mochila, los lentes y las cámaras respectivas y comienza la caminata. Vamos atravesando un bosque espléndido y paulatinamente vamos subiendo entre vegetación espesa que cada vez va desapareciendo para darle paso a filudas rocas que nos están preguntando a cada rato qué crestas estamos haciendo ahí, con botas de motociclismo y los pantalones respcetivos que a cada paso me van recordando con una gota de sudor que corre por todo mi cuerpo que las motos son una cosa y el trekking es otra. Los años no pasan en vano y si hace 10 años subía volcanes de la zona central junto a un grupo de amigos, hoy día me parece que estamos lejos de esas gloriosas jornadas. Me canso y llego como un caballo “de feria a la cima” donde hay otra familia fotografiando y tomando aire. Un aire que en la cumbre es tan distinto. Un aire que te hace amar este país con todos sus ripios y malos hábitos. Un aire que te pega en la cara y baja por tu espalda sudorosa y se hace un hielo. Y dan ganas de abrigarte, sin embargo, se me pasa todo cuando veo el monumento natural que hay enfrente. Estamos frente al “Glaciar Exploradores” que por nuestro mal comportamiento como humanidad, ha ido retrocediendo de manera vertiginosa. Se percibe un barrial cerca nuestro, pero más adentro, la inmensidad es total. Ahí está, el brazo de campo de hielo norte, el glaciar que retrocede, pero que me dio la oportunidad de conocerlo.




Hay una familia que descansa y pronto se despide de nosotros para emprender el retorno. Nos quedamos unos minutos a descansar y a tratar de hacer mejores fotos, cuando divisamos que viene subiendo (nótese que la subida no es poca), una pareja de ancianos que marchan hacia la cumbre. Sin embargo, ella, entre rocas trata de pisar y afirmar su muleta. Ahí me da vergüenza. Me siento un pedazo de animal viejo y flojo. La mujer, de unos 70 años, viene haciendo cumbre apoyada en su muleta y en el hombro de su marido. Ella se niega a recibir más ayuda que el aliento y la pausa de su marido que la espera y larga una sonrisa como diciendo- lo lograste-.
Al volver a respirar en la cumbre, le pregunto, “Where are you from”???. Ella, en medio de su último aliento me dice: “England, I’m British”. Allí entendemos todo y con un pedazo de orgullo herido y una sonrisa, bajamos raudos por en medio de las rocas y un bosque fascinante.

Recogemos nuestros atuendos y partimos de vuelta a Puerto Tranquilo. Disfruto cada kilómetro como si fuera el último. El camino de vuelta se me hace más espectacular que de ida. Las nalcas me abrazan en medio de un sol que quiere esconderse, pero que sigue ahí, como el regalo que no hemos tenido en todo este viaje. Estoy agradecido. Sé del privilegio que tengo de estar acá. Que algún día vendré con mis hijos. Que nadie, absolutamente nadie de mis generaciones familiares posó un pie en estas latitudes que son nuestra tierra y eso me hace sonreír, pero también reflexionar sobre vivir en un país con algunos privilegiados y con una mayoría que nunca va a conocer estos rincones donde la tranquilidad de parar y respirar y llenar tus pulmones de un aire original en medio de los pájaros y los pasos del infinito, no tiene precio.

Arribamos a el nuevo refugio donde nos atiende la dueña de casa a quien no le sacamos un sonrisa ni con una patrulla de “tonys”, pero es su modo y se le respeta. Llega la respectiva ducha a eso de las 18.00 horas y salimos con vampiresca actitud a devorar lo que esté al alcance de nuestras bocas.
En Puerto Tranquilo y en su avenida hay dos o tres restaurantes, con el calificativo de tal. Uno es bastante caro, el que está en el único hotel del lugar. Nosotros vamos al del medio que no recuerdo su nombre. Vamos a comer y a almorzar por primera vez de manera potente como para no dejar ninguna tripa suelta que nos reclame ni aquí ni mañana que no matamos “el león” de manera concreta. Pues bien, al entrar hay un aroma a fritanga agradable y carne que me levanta los sesos. No quiero nada de pan ni chocolate caliente. El restaurante está lleno y al medio hay una mesa extendida con unos 20 muchachos de algo más de 20 años gobernados por un vejete de unos 70, que tiene acento argentino. Pese a mis dislocadas cavilaciones en torno a la carne, pido pescado frito con ensalada y no me equivoco. Lucho pide salmón. Sigo observando atentamente la mesa del centro y a los comensales no les reconozco el acento. Lo que pasa es que en la Patagonia hay tanto gringo, tanto europeo que uno se va familiarizando con los acentos. Sin duda que los alemanes se reconocen de lejos, lo mismo que los franceses que pululan en bicicleta por la Ruta 7 con sus bultitos diminutos para 45 días, o los italianos con sus ajustados trajes para el mismo ejercicio bicicletero (lamentablemente se han visto pocas italianas); pero a estos muchachos medio rubios no les logro detectar la lengua.
De repente, en esos ejercicios fílmicos y literarios detecto ciertas palabras: Judíos. Los comensales, en una veintena, que repletan la mesa son judíos y toda la leyenda de que la Patagonia está repleta de ellos se hace realidad. Mi pescado lo saboreo, pero no dejo de mirar, en mi provinciano cabalgante, a los muchachos del frente. Piden un sinnúmero de platos- que a todo esto tienen muy buena preparación- y el mozo enloquece de un lado a otro. Luego de dar dura batalla con nuestros platos pedimos un café al mismo tiempo que la gran mesa del medio y sucede lo curioso y que debes ver con tus propios ojos: La cuenta es objetada punto por punto por el grupo infinito, ítem por ítem, haciendo voz líder el vejete argentino que es bilingüe y va traduciendo simultáneamente. “Que este plato llevaba pocas papas fritas” “Que no era pollo con arroz, sino con puré”. Cuentan monedas de cien y diez pesos para pagar. Sale el dueño que a ciencia cierta parece ser un chef gourmet que se ha radicado en esta punta del territorio cumpliendo un sueño, le sacan literalmente los “choros del canasto” y con sus colores rojos en la cara dice: “Basta, Basta, paguen $10.000 pesos menos, pero váyanse”. Estamos pálidos. Sin habla. El mozo se nos acerca- que ya es un veterano junto al menú- y nos dice: “Siempre hacen lo mismo”. Se van, con diez lucas menos pagadas en la cuenta. El dueño nos mira y mueve la cabeza. Dice “última vez”, “esta sí que es la última”.



Salimos impactados, y vemos como el lote de muchachos en edad universitaria abordan un mini bus con patente argentina. Nosotros seguimos. Vamos a bajar la panzada a la playa. Caminamos por la orilla de este lago fenomenal en medio de un viento que se levanta y me parte la cara. Llevo mi gorrito de años. Recorremos esta especie de costanera con la certeza que por fin La Patagonia nos ha abrazado. Nos dio un día de sol radiante y Puerto Tranquilo nos va despidiendo con el ocaso de ese mismo sol que se recuesta en este mar que no es mar, sino el segundo lago más grande de Suramérica. Pronto las luces de este pueblo se apagarán. Un par de mochileros juega fútbol en lo que es la Ruta 7 y la avenida principal frente a los domos turísticos. Caminamos. Se acaba la luz. Vuelvo a las prácticas patagónicas y me tomo un chocolate caliente en la Copec. Llegamos al alojamiento. Me vuelvo a duchar por si acaso.  Uno nunca sabe si en el más tranquilo de los puertos, volverá a haber una ducha caliente. El cuerpo va agradeciendo tanto cariño en un día de paseos. Montescu ronca. Mañana vamos hacia La Argentina. Nunca sabré lo que nos espera.                                                  

jueves, 31 de marzo de 2016

El Pesebre de Puerto Tranquilo

CAPÍTULO V
EL PESEBRE DE PUERTO TRANQUILO.
Puerto Aysén- Puerto Tranquilo.
17 de Febrero de 2016.

Todo es asfaltado. Un bellísimo camino se nos va abriendo a Coyhiaque. Tal vez, hace tres años, cuando ya anduvimos por acá, no lo disfruté igual. Veníamos cansados, estaba cayendo la noche (para variar) y en motocicleta, cuando vienes con muchos kilómetros a cuestas, vas omitiendo paisajes y lo único que quieres es llegar. Esta vez lo hacemos de manera distinta. No hay lugar donde no quiera parar un rato para jugar y cambiar lentes a mi cámara que ha resistido de manera estoica todas las veces que la he sometido a castigo bajo la lluvia. La fotografía es otra de mis pasiones en las que todo aprendizaje teórico tiene su gran aplicación en estos paisajes donde cada media hora cambian las condiciones de la luz, las condiciones de frío con las que tiritan los dedos al momento de disparar y el viento que te hace perder la concentración siempre. La Gopro hace su trabajo sin quejarse. Las fotos con ella tampoco son erráticas, por lo que siempre va conmigo a todos lados. Montescu insiste en que su SJ4000 hace la misma pega por un cuarto de dinero, aunque al final del viaje, reconocerá, con la humildad de siempre, que la Gopro y su conectividad y compatibilidad hacen que sea insuperable. 
Llegamos, otra vez a Coyhiaque, como hace tres años. Camino completamente asfaltado que por casi 90 kilómetros nos separó de Puerto Aysén. La parada es sólo por bencina. Debemos apurar tranco. Ayer Francisco, en el Casino de Bomberos, nos ha advertido de los cortes en el camino, en específico, a la salida de Cerro Castillo. Hoy tenemos que llegar a Puerto Tranquilo. Según Francisco, los cortes empiezan a las 14.00 hrs. y el camino se reabre a las 18.00 hrs. Estamos atrasados. Las chiquillas van cargadas como lo que son: mulas o elefantes de metal que deben estar dispuestas para el maltrato. Miramos menos y aceleramos. En dos tiempos estamos a la entrada y cruce que nos separa para ir a Balmaceda o a Cerro Castillo. Nosotros seguimos a Villa Cerro Castillo y entramos en ese camino sinuoso, bello en esencia, donde se dice y según la señalética que hay que bajar la velocidad porque hay probabilidades ciertas que se cruce algún huemul en alguna secuencia, o algún “Bambi” o algún animal parecido que a pesar de estar en el Escudo Patrio, jamás, el noventa y nueve por ciento de la población, ha visto en su hábitat natural. Ahí me pregunto si no será mejor un quiltro, un musculoso y potente perro común y corriente que vista nuestro escudo patrio, como símbolo de ese animal noble, omnipresente en nuestros hogares, amigo a toda prueba, que no tenemos que venir a buscar a los confines de Chile para tratar de divisarlo. Preparo mi cámara, por si las moscas. No aparece ni un solo animalito. No tengo el privilegio. El huemul sigue estando en mi mente como un bichito café, amoroso, similar a los de Walt Disney, pero que nunca he podido ver. Paso lento, hago el último intento. Casi los llamo, Montescu se ríe con ganas. Estamos puro perdiendo el valioso tiempo. Volvemos a emprender el ritmo. Comienza a llover por quincuagésima vez en este viaje. Entre estas curvas llueve helado y los calienta puños van al máximo hace rato. Si me pudiera sentar en ellos lo haría gustoso. Son cerca de las 13.30 y ni siquiera he pensado en el hambre. Me asusta el hecho de quedar tirados hasta las 18.00 horas y tener que llegar- como siempre- de noche por la Austral, lloviendo- a Puerto Tranquilo.
Llegamos, con el aliento a Villa Cerro Castillo, todo asfaltado, a las 13.55. A 100 metros está el corte del camino por los funcionarios de Vialidad, quienes toman en sus manos los conos de tránsito para proceder a interrumpir la ruta. Les rogamos que nos dejen pasar y somos los últimos. No alcanzo a sacar ninguna fotografía, a pesar del ejército de mochileros que hay en el paradero, al lado del carrito del café y los sándwich.
El camino, en muy irregular estado, se encuentra en trabajos de ensanche, por lo que Vialidad ha determinado su cierre esencialmente por las tronaduras que en varias partes del camino hay y que genera escombros y derrumbes de consideración. En aquellos lugares hay grandes piedras filosas que hay que ir esquivando para no ir a tierra, pero qué más da, estamos en ruta y vamos a llegar a buena hora a destino, el hambre lo guardaremos en el bolsillo y, ahora que se ha abierto el cielo, y no cae agua, seguimos con cuidado por entre las rocas puntudas que rebotan en las llantas de la moto.
 Hay mucha gente trabajando en el camino, maquinaria pesada y diversos cortes, donde logro saludar a los muchachos con sus chalecos naranjos reflectantes, pero sólo a medias. No logro sacar completamente la mano derecha del volante para saludar. El camino es demasiado irregular y temo irme a piso en medio de un saludo con mucha fraternidad. Ellos entenderán las razones del por qué sólo resalta mi dedo, o dos, con mucha suerte, para el saludo de rigor. De improviso, hay malas señales de los dioses: En un punto determinado, ya avanzados varios kilómetros, un banderillero se niega a dejarnos pasar. El señor de unos bigotes potentes nos dice que el camino está cortado y que empezaron las tronaduras, así es que no debiéramos ni siquiera estar ahí. Comienza lo de siempre, las discusiones de que estamos en lo correcto y que fuimos los últimos en cruzar con la venia presidencial y de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. El hombre de los bigotes hace sus llamadas por radio en el idioma de los “radio aficionados”. “Sí, cambio”. “Dos motoqueros”. “Dicen que los autorizaron  pasar”. Nosotros con lo nuestro vía interna: “Qué se habrá creído este bigotucho”. Estoy que me bajo de la moto mientras se escucha por la radio “Que pasen”. Saca los conos, toma su paleta color verde (como en una película de Woody Allen somos los únicos de la fila) y seguimos. Risotadas van y vienen. El hambre aguanta ante tanta buena suerte. Efectivamente podemos percibir que el camino se encuentra en proceso de ensanche- no de pavimento- y que permitirá que no vaya mirando el barranco a medida que bordeamos un precioso río. Todo camina “sobre dos ruedas”, miel sobre hojuelas- dirá el siútico, hasta que aparece delante de nosotros una fila de unos 6 o 7 autos, detenidos sin marcha alguna. Son alrededor de las 14.50 horas y nuestro viaje llega hasta acá por el momento. Nos bajamos y nos señalan de manera invariable que el corte de camino se hace efectivo en este punto y que hay que esperar hasta las 18.00 para seguir adelante. Todo se viene abajo. Como que se cierran las cortinas. Nos bajamos de las motos, caminamos y sacamos fotos. Se nos acerca un matrimonio que va adelante en una Van con una tropa de chiquillos y que reclaman contra el gobierno, el Estado y todo lo que diga relación con lo público, por materializar arreglos al camino en época estival. La mujer señala que todo esto es porque este año hay elecciones municipales y se necesita gastar la plata. Allí ya no escucho mucho más. El hambre ha vuelto. No tenemos nada más que las uñas  para masticar y un poco de agua que queda en este descampado donde sólo hay unos cerros y un ripio que nos invita a pensar en casa y en lo que familia esté haciendo a esta precisa hora. No tenemos señal telefónica ni de internet. Faltan casi tres horas para que abran esto y terminaré comiendo un pedazo de neumático para calmar la panza. Montescu hace la magia de siempre y encuentra un pan que nos quedó de nuestros días en barco y que se refugiaba al fondo de su maleta. Es un pan solo, cercano a la dureza, pero que repartimos como en una última cena, como una hostia milagrosa que me sabe tan espectacular, que estoy claro que es lo más cercano a la “Fuente Alemana” y sus sandwichs macabros para levantar muertos de la 3 Oriente al llegar a la 1 Sur en mi Talca querido. Lo mastico con cariño, con lentitud, como que fuera ese chacarero querido, o un “cocodrilo” con un huevo frito encima; o un “chivito”, esos que comimos en el viaje a Uruguay en la “Pasiva”. En fin, podrían ser cientos de panes los que se me viene a la memoria, incluso esos benditos completos de “Donde Alex” – y de los que ya escribí hace un tiempo- pero no, no hay nada más bello y maravilloso que este pedazo de pan semi duro rescatado de las aguas profundas del Pacífico Sur en medio del barco que nos llevó por la vida y que ahora es nuestro único alimento. Para rematar esta tarde feliz, vuelve a llover, pero con la furia del hielo por unos 20 minutos sin parar. Los automovilistas se guarecen en sus enlatados refugios, mientras nosotros, nos volvemos a colocar cascos y todo lo suficiente para aguantar el chaparrón. No hay un puto árbol ni nada para refugiarse y resistimos la embestida de esta Patagonia a lo “macho”. Siento frío, pero no estoy mojado. Los automovilistas vuelven a salir de sus autos y la mujer prosigue reclamando en contra del Estado, del Gobierno, lo concejales. El cielo se abre, de improviso y sale el sol, como si nos sacar la lengua y nos dijera que el verano es una quimera.









Con este pedazo de bocado en el estómago y a fin de matar el tiempo, decido dormir una siesta. Me acuesto a orillas de camino, sobre las piedras, hasta que, separado de una alambrada, encuentro un mejor lugar sobre un pasto con aromas a animales de cuatro patas, pero que resulta ser un colchón exquisito. No sé. Tal vez una media hora descanso cuando mi compañero ya ha trabado amistad con otros automovilistas que osan contar a la velocidad que se desenvuelven en estas carreteras del sur del mundo, desafiando a cada momento a la muerte. No los entiendo. Venir a estos parajes a correr “el Dakar” es tan penoso como no traer la máquina fotográfica cargada. Tan así es lo que digo, que en el cargo camino para el sur y el norte, nos encontraremos con un desfile de automóviles y camionetas accidentadas, volcadas, quemadas, las que no tienen otra razón que la maldita paciencia que nos hace atacar el acelerador más de la cuenta. El ripio traiciona y quien no sabe manejar sobre él es mejor, mucho mejor que se quede en casa. En dos tiempos pierdes el control del vehículo y te sales del camino y esas horas de vacaciones se transforman como obra de gracia en la peor pesadilla, en la peor tormenta. En casa me esperan. Siempre digo lo mismo. Aunque no haya señal, aunque no me contesten el fono, aunque esté en otro país con esta pasión que se “hace odiar”- a veces-, pero siempre hay alguien esperándome en casa a que llegue entero.

La siesta


      Faltan breves minutos para que levanten la barrera y ya la poca gente que hace fila comienza a preparase para partir. Le digo a Montescu que deje pasar a los apurones, que necesito mi tiempo para las fotografías. Unos enajenados nos adelantan como filmando una película de “Rápido y Furioso”. Da igual. El paisaje es más hermoso que cualquier combustión forzada encomendada por el pie del acelerador. Además, en dos ruedas jamás podremos competir con un aterrizaje en la tierra y sus filosas piedras. Lo tomamos con calma. Avanzamos unos 500 metros y hay un nuevo corte. Comienza nuevamente a llover, a la antigua, y el casco con su visera, hacen las veces de un pequeño techo por el que corre el agua, como si este casco, este básico implemento fuere mi casa, mi única y pequeña casa en medio de la nada.

Por fin la fila patagónica, esta culebra de seres humanos ansiosos de destino, fluye. Vamos tras unas camionetas y el camino se va haciendo estrecho, una serpentina en medio de árboles milenarios, piedras y ese verde que no te deja, pero que voy viendo a medias porque comienza a llover fuerte. El ripio me pide concentración máxima y hay espacios de barro que no puedo esquivar. El ripio de la Carretera Austral es tentador. Pareciera firme, pareciera transitable sin problemas, pero siempre esconde una sorpresa. Los cráteres en el camino comienzan a aparecer y saltamos como trapecistas en nuestras motos pesadas y cargadas. Esquivas uno y te caes a otro. El camino es un puzzle indescifrable y ya son cerca de las 19.00 horas. Veo poco. Pierdo visibilidad con la lluvia y muchas veces debo abrir el casco y allí entra esa mezcla de bocanada de hielo y lluvia fría, pero que me permite concentrarme en los “eventos” que nos deja la ruta. La moto aguanta con hidalguía cada hoyo. Acelero por la falta de luz de algunos lugares. Se nos va a acabando esa lucecilla mágica llamado sol y no me gusta la conducción en estos lugares con poca visión. Siento un pencazo feroz, pero la moto no decae, me salta aceite. Se ha reventado la telescópica izquierda. Seguimos. Me va quedando poco combustible igual que a Lucho. Yo creo que llegamos a Puerto Tranquilo, pero Lucho se “inquieta” y su autonomía pide que recarguemos.









Llegamos a “Bahía Murta”, pueblo cercano al Lago General Carrera, de no más de 500 habitantes según los registros oficiales,  en medio de la lluvia. Dice un letrerillo que “se vende  bencina”, pero lo paso volando. No alcanzo a parar. Le aviso a Lucho por el intercomunicador  y se detiene. No hay berma y no puedo girarme. Pasan un par de autos que me tocan la bocina por estar en medio del camino detenido. Montescu se baja con su bidón rojo (el que ya nos salvó en otras ocasiones) y un muchacho en los confines del mundo tiene bencina 93 en unos galones desde donde vende el producto a granel. “Luca” el litro, sin asco, sin piedad.
Nos quedan jodidos 30 kilómetros de camino por la Ruta 7 hasta llegar a “Puerto Tranquilo”. Oscurece. Llueve cada 10 minutos con unas nubadas suficientes como para dejarte estilando. Veo poco. Pero nada como para cegarte y encontrar el “Lago General Carrera” en su inicio. Hermoso. Sin palabras para describir al segundo Lago más grande Sudamérica. Lago binacional que lleva el nombre del fundador de nuestro prócer patrio, fundador del alma independentista, de la Biblioteca Nacional  y el Instituto Nacional. Este lago no podría tener mejor nombre, aunque esté al fin del mundo. El “Carrera” es una inmensidad esmeralda, un país dentro de un país, una lengua inmensa ala que nada le sobra; un ojo que está presente en toda la Ruta 7 sur y eso se agradece, como un dios de la Patagonia al que le prendemos velas, para que nos ilumine.



Bajamos por las fotos de rigor y nos apuramos para no tener que llegar otra vez a destino en medio de la noche, cuando todo está cerrado. Estamos muertos de hambre. Mi última comida fue a las 09.00 A.M en el lejano Puerto Aysén y ese pancillo maravilloso en medio del corte de camino. Son casi las 20.00 hrs y en medio de muchas curvas, subidas y bajadas aparece una calle de adoquines que nos da la bienvenida a Puerto Tranquilo con el último suspiro de la luz de un frío que se recuesta en el Carrera.
     Hay mucho mochilero. Estoy fundido de hambre y vengo cansado a pesar de mi siesta sobre las piedras y el pasto. Ha parado de llover. No quiero carpa. Me encantaría una camita que nos permitiera descansar. La única calle de Puerto Tranquilo colinda con la playa de un Carrera majestuoso. Hay Domos turísticos instalados en esa especie de costanera que ofrecen tours a las “Catedrales de Mármol” y al “Glaciar Exploradores”. Ya están cerrando todos estos domos y sólo se hacen reservas para mañana temprano. Mi moto no tiene aletas así que otra vez volveremos al transporte marítimo. Llegar acá es llegar también a esas atracciones turísticas que debemos visitar.
Lo primero es lo primero, mientras veo a mochileros doblarse la espalda con sartenes y ollas colgando que seguramente, muy probablemente arrebataron a su mamá de la cocina. Otra chiquilla no se ve en la altura de ese bulto que amarra a sus hombros. Los mochileros se multiplican como en un plato instantáneo al que le agregas agua. Yo sólo quiero dormir y para variar, no hay nada. Todos los alojamientos en este pequeño lugar son precarios. Una cama. Un camarote. Nosotros queremos techo. Aunque vistas las proyecciones el camping se viene a la vista. Ya estoy decidido a eso, cuando se nos acerca un tipo que nos habla y nos ofrece una cabaña que está un poco más al sur, por el camino principal y que nos arrienda a 10 lucas cada uno. Nos parece formidable y le seguimos.
Al llegar el panorama cambia. La cabaña es cabaña, pero efectivamente está en plena construcción. El techo tiene visión directa al universo, pero estoy rendido y hambriento. Llego al baño y no veo ducha ni nada parecido. La respuesta es que no se ha alcanzado a construir, pero que no es necesario ya que te puedes bañar con el agua así tal cual, recién salida de la llave o, de otra forma, puedes correr y zambullirte en el río cercano. Quedamos pálidos, con el último rezo: “Y si no les gusta, chiquillos, pueden buscar otro lugar, pero a esta hora no encontrarán nada”. Nos quedamos. El hombrón nos regala un pan con queso que le quedaba guardado en alguna parte de la “cabaña” y un poco de mate. La residencia tiene dos habitaciones con 500 filtraciones de aire por todos lados, un comedor sin mesa, sin sillas, un cajón y un baño que nos recibe como primerizos. La cama es un recuerdo de infancia la “pequeña casa en la pradera” con una manta de castilla y almohada. Esto va a ser bueno. Nos quedamos.
 Con mucho cariño me lavo mis partes más castigadas en el olor por el viaje y mi humanidad tolera el agua al hielo con soberana dignidad. Nos vestimos y salimos a devorar lo que venga. Después de caminar por la Ruta 7 casi un kilómetro, llegamos otra vez al “centro” de Puerto Tranquilo, donde efectivamente hay un servicentro Copec donde los mochileros cargan sus celulares y donde me zampo un chocolate caliente y un poco de maní. Energía a la vena. Vamos al único “restaurant” abierto a esas horas de la madrugada (21.30 horas) y allí nos encontramos con una serie de gringos que andan conquistando el mundo: franceses, alemanes, italianos, quienes todo lo encuentran simpático y bonito. Algunos llevan más tiempo que yo sin agua por su cuerpo, así que me quedó en paz con mis propios olores. Cinco mil pesos, 5 benditas lucas me cuesta un pan, una especie de chacarero en el fin del mundo, que también resulta ser el fin de mi gusto por este exquisito pan. El pan está duro, sin sabor, y la carne tuvimos que emplear mucho esfuerzo e ingenio molar y metálico para cortarla. Estoy rendido. Montescu sigue masticando su pan para tratar de formar el bolo alimenticio que nos mantendrá hasta mañana. salimos. Compro chocolate para el desayuno y unas rebanadas de queso más dos panes. La dieta del pan, señores!. Rendidos volvemos caminando al “pesebre” como con una risa, hemos bautizado nuestro refugio. Ahora caminamos de subida. El kilómetro se hace eterno. En pleno verano, hace un frío que parte el alma. Estoy entumido. Saco mi secador de pelo (que por ese afán femenino me ha acompañado por tantos viajes) y otra vez aperra y me entibia. Hay viento afuera. Me acuesto con parka y casi con la misma ropa en el ejercicio más rotundo con mi propio aroma de caballo sudado y muerto. Tengo frío. El paisaje lo supera todo. Estamos en el pesebre, en pleno febrero, en el más Tranquilo de todos los puertos. Tengo ganas de orinar, pero el frío me detiene. Me aguanto. No me muevo. Duermo como la vaca del pesebre de la Patagonia chilena.                


lunes, 21 de marzo de 2016

Un Chocolate Caliente para Puerto Aysén.

CAPÍTULO IV

Puerto Aysén, Lago Riesco, Bahía Acantilada.
16 de Febrero de 2016.

La habitación es pequeña. Gracias a una ventana que recoge las ramas de una araucaria de la calle en un profundo abrazo, pudimos ventilar el espacio que me separa de Montescu. Hay una tevé colgada de 14 pulgadas con cuyo cable de corriente hacemos una especie de tendero dentro de la misma habitación. Normalmente, cuando dormimos en hostales o residenciales, en medio de la lluvia, ocupamos lo que sea para secar ropa. La idea es descansar un rato. Dormí sin vaivén. No siento el mar cerca, pero sí la lluvia que ha estado presente toda la noche. Trato de enviar un mensaje a los míos, pero acá la ”banda ancha” es “banda estrecha” y recién me llegan unos mensajes de mi vieja preguntando por Chiloé. Envío fotos de paisajes pasados que todavía no aparecen como “leídos”. Me canso de la “desconexión” torpemente. Como si mi oficina me persiguiera a todos lados. Bajamos prontamente por el desayuno que se incluye en este hospedaje dominado por esta argentina voluminosa en cariño y buenas vibras. La idea de hoy, es salir a caminar esta pequeña ciudad, fotografiar lo de siempre y mañana partir hacia el sur por la Ruta 7.  
Para variar, llueve. En mi triste inocencia, traje incluso short para baño por si había un río al alcance para un chapuzón memorable. Un grupo de amigos un par de semanas antes hicieron este periplo (sin tanto barco evidentemente) y tuvieron el sol de los soles sobre sus hombros. En ese mismo escenario, las únicas zapatillas que traigo son unas de verano, bastante respirables, las que visto el aguacero que hay en la calle, debo reforzar con el botín interior que traen las botas de la moto, que- supuestamente- son impermeables. Lo mismo sucede para arriba, salgo con la chaqueta de mi cordura que no debiera “pasarse”, ya que la otra parka que traje es más bien para el frío y con agua quedaría como manta de castilla de pesada.
Al poco andar por estas calles, el cielo se tira sobre nosotros como si fuéramos malos forasteros. Nos odia el sur con toda sus alma como una mujer despechada en cariño y besos; y mis zapatillas comienzan a ceder ante tanta laguna que le saca la lengua al pavimento. Puerto Aysén es básicamente una gran manzana donde se deposita el centro. Sin embargo, su gran atractivo puede llegar a ser el puente, tipo Golden Gate, que cruza el Río Aysén y que tiene una costanera hermosamente cuidada. Caminamos en ella, y notificamos la cantidad de personas que lo ocupan como unión peatonal entre un lado y otro de la pequeña ciudad. Hacemos las fotografías de rigor y las grabaciones en video pertinentes que causa sorpresa entre los transeúntes, que sospechan de algún programa televisivo viajero y que cada vez nos ven más mojados.


Golden Gate sobre Río Aysén 






Plaza de Puerto Aysén
Visto lo anterior, el estado de “diuca” en el que nos encontramos y que probablemente no hay tendero que pueda secar nuestra ropa es que decidimos quedarnos en Puerto Aysén, ir a una lavandería a aumentar nuestra ropa disponible y buscar alguna tienda que nos permita comprar nuevos calcetines (más invernales) y una chaqueta que combata los aguaceros cuando me encuentre de “civil”. Los precios andan a nivel central y en una de ellas nos disponemos a comprar calcetines nuevos y una chaqueta hidrorepelente. Parezco de shopping, como una señora con paquetes nuevos caminando por la avenida principal de Puerto Aysén.
En medio de tanto cielo oscuro en el inicio de mi cuello se me ha ido inflando una amígdala, cuestión de la que padezco desde niño, por lo que debo recurrir a mi querida amoxicilina, que curiosamente, también dejé en casa. Así que nos vamos a la farmacia cercana, para tantear el ambiente y ver si me venderán antibióticos sin receta. El farmacéutico, resulta ser medio callado, de pocas palabras, diría hasta desconfiado, hasta que le digo que somos motociclistas. Allí su cara se le llena de luz, me advierte si he tomado muchas veces el medicamento y me regala hasta un vasito de agua para tomarlo. Nos cuenta que no es de acá, que es del norte y que no se ha acostumbrado en la Patagonia. Que allá también tenía moto, pero que acá no se puede andar, que es muy corta la temporada. Que el clima te patea la humanidad y que luego, muy luego viene el invierno interminable y allí todo es más triste que ayer. En eso, cuando su rostro se ha llenado de luz, una señora muy encopetada reclama el por qué no se le vende “Omeprazol” para su estómago, sin receta y que ella lo consume- con prescripción- hace años, sin problema. El farmacéutico nos quita la atención y se hace cargo de la señora, quien nos habla y resulta ser otra talquina reconocida, dueña de una tienda, que junto a su marido andan de vacaciones. ¿“En Moto”?- exclama-¿Con esta lluvia?. El mundo es pequeño y hay que andar con cuidado. Menos mal que no andamos en malos pasos. En todas partes hay ojos y oídos. A la cresta del mundo te encuentras con conocidos. Chile es un pañuelo, señores!                
   Entre paseo y paseo, el obturador no ha parado de sacar fotografías y la hora de almorzar ha llegado. Preguntando arribamos a Roma y el Casino de Bomberos debe apagar nuestro apetito, vistiéndose de gala para recibir a estos peregrinos lejanos. El local es apetitoso por donde se le mire, buenos precios y platos talla XL dignos de todo motociclista que necesita energías para proseguir a la siesta. De improviso en la mesa de al lado llega para instalarse un perico que reconozco de inmediato. Francisco Javier Pizarro, alias “Fósil”- "Hobbit", amigo de toda la vida, que anda recorriendo la Patagonia en moto junto a su novia. El abrazo es de hermanos. La alegría de encontrar en la punta del precipicio del territorio a otro muchacho que sueña igual que yo, que vive los viajes por tierra como un gran carnaval y si son en moto es un canal directo con nuestras propias esencias, esas que nos permiten ver lo diminuto que somos. El almuerzo termina con una gran sonrisa y los deseos de que en Talca nos volvamos a encontrar y que todos, absolutamente todos, tengamos buen regreso. Francisco ya va de vuelta.
A fin de hacer más llevadero el almuerzo que hemos tenido en nuestras fauces, salimos a caminar lo que nos resta de ciudad, iglesias, plazas, fotografiando toda imagen que se pueda convertir en un recuerdo. En eso llegamos a una feria artesanal, donde venden plantas, manualidades, tejidos y algunas prendas de vestir. Le compro una camiseta a mi hijo más chico- como dicta la tradición de todo viaje- y saco la billetera para aferrarme a que la señora tenga cambio de 10 lucas, lo que no acontece. Me desconcentro. Le pido a Montescu  que vea si la talla de la polera le quedará bien a Lucas- mi chiquillo- y salimos raudos de la Feria. Se pone a llover otra vez. Estoy tentado con llevar zapatos ya que las zapatillas no aguantarán. Volvemos a la tienda de la mañana que está a punto de abrir. Allí están esos zapatos que repelen el agua y los compro, pues la tarjeta de crédito aguanta todo- supongo. Llego a la caja y, al igual que en un programa televisivo cuando viene el redoble de tambores para el pago, mi billetera desaparece. No está, por la puta madre. Y allí se me vienen todos los colores a la cara y la imagen nítida que el paseo de este año llega a su fin. En mi billetera está un poco de dinero en efectivo, mis tarjetas bancarias, mis documentos de conducir y mi cédula de identidad, junto a algunas fotos de mi clan. Vuelvo a revisar mi mochila y no hay nada. Parezco fantasma. Por largos diez segundos quedo en blanco y probablemente me haya colgado la baba de manera abundante. Se me vienen a la mente mis documentos de conducir que acabo de renovar y donde por vez primera salgo apetecible en la foto y donde al reverso señala claramente “uso de lentes de contacto”. El mismo scanner mental hago con mi Cédula de Identidad, que acabo de sacar y donde todavía aparezco con cara de post operatorio por ese cuasi tumor donde la pelá me tocó el hombro para anotarme en su libreta para siempre. Despierto, miro a Lucho y le digo: “cagamos”. Se acabó el viaje. No hay forma de seguir. Inevitablemente pienso dónde mierda dejé la bendita billetera de cuero regalada por mi mujer no sé para qué ocasión: Lo tengo!. Se quedó en la Feria de Artesanía. Lo curioso es que, como estamos en la tienda, no puedo ir corriendo yo, ya que tenía los pies tan mojados que pedí llevarme los zapatos nuevos puestos (claro, como el provinciano que llega a la ciudad), así que no puedo salir de la tienda. Lucho parte corriendo y todas mis esperanzas van en él. Le llamo en el intertanto y me anuncia que la billetera está. Que la señora de la Feria de artesanía la tiene, pero que no se la va a devolver a él, sólo a su dueño. Los colores vuelven. El cielo se despeja por un buen rato. Me da lo mismo que mi billetera no esté completa, pero con ella el viaje puede continuar. Me coloco mis zapatos mojados (los nuevos quedan en la tienda) y salgo como un correcaminos hasta que llego a la Feria y la señora me devuelve la “de cuero” y trato de abrazarla y decirle que nos ha devuelto los pasajes para el viaje. Nos sentamos un rato. Como que un pedazo de energía se ha ido. Como que hubiéremos corrido la “Maratón de Aysén” y hubiéramos llegado en el último lugar, rendidos, con el sudor helado de los condenados. Hemos estirado la suerte. La billetera está completa. La honestidad triunfa, porque quizás acá el mundo es un poco más transparente y la lluvia lava esa confusión que nos impidió volver a mirar a los seres humanos a la cara, o tal vez, son sólo elucubraciones mías en medio del post stress, pero lo creo y eso me deja tranquilo. He vuelto a creer, lo que no es malo.          
Volvemos a la tienda por zapatos nuevos y curiosamente el cielo se despeja.
Es hora de volver a las motos, aprovechar este claro en el cielo y visitar los lagos, que se encuentran a poca distancia de la ciudad.
Nos montamos otra vez en nuestras motocicletas y partimos al “Lago Riesco”. El sueño de todo pueblo es tener un lago hermoso, casi virgen, a escasos 26 kilómetros de la ciudad, aunque el camino sea malo, como casi todos los caminos secundarios en la Patagonia. Cruzamos el “Golden Gate” e inmediatamente te internas por un camino de ripio, de belleza escénica majestuosa y donde, de vez en cuando, aparece una casa que nos avisa que queda tanto por habitar en los rincones de Chile. Vuelve a llover hasta que llegamos a este lago, después de unos treinta minutos de marcha, donde, en pleno Febrero sólo hay tres familias y un lago desocupado completamente a tu disposición. Empiezan a caer goterones del porte de una piedra. Quedo pegado en la arena con Margot y Montescu me ayuda a salir. Difícil resulta describir en letras, comunes y corrientes, el espectáculo que tenemos en frente. En medio de unas montañas, aún con nieve, hay un precioso lago desocupado, al gusto y alcance de sus turistas. No debe haber más de 8 personas que prontamente se guardan porque otra vez empieza a llover. La fotografía es hermosa en medio de la bruma. Mi cámara se moja, pero qué más da. Quizás en cuánto tiempo más volveré por estos lados, aunque para serles franco el sur, siempre es el sur.


Lago Riesco












Volvemos con las motos a Aysén. Llueve copiosamente, sin embargo no he pasado ningún susto, por el momento. Valga el crédito a Manuel Escandón, quien antes de partir me dijo: “Bueno, bonito y barato”, Colócale neumáticos "Mitas" a la moto y la verdad, es que se han comportado a toda prueba a pesar que los amortiguadores de Margot gritan con cada hipo que reciben producto de cada impacto a la que la sometemos.
Por la mañana, alguien me había hablado de la “Bahía Acantilada”, algo que estaba cerca y era un balneario municipal. Cabe apuntar que, todos los lugareños de acá y de la Patagonia en general, manejan un concepto algo diferente de nosotros de lo que es “lejos” o “cerca”. Todo  está “al lado”. Esa conciencia de la “no propiedad”, de la “alambrada rota”, del descampado donde nada pertenece a nadie (aunque sean sólo ideas en un cabecita, porque acá casi todo tiene dueño), nos va habituando a un nuevo mapa, a un mapa imaginario y donde el reloj acá es de arena, corre lento y rápido a la vez, porque a las 21.00 hrs, está todo cerrado y no anda ni un alma en la calle.
Entonces nos apuramos y nos vamos directo ya de regreso a la famosa “Bahía Acantilada” que está a casi 12 kilómetros del centro de la ciudad, pero hacia la otra dirección. El camino a pesar de los esfuerzos de Vialidad y de cuanta máquina caminera existe es “malo” a secas y con un barro medio siniestro que lo hace abiertamente traicionero en cualquier momento. Yo me vuelvo a acordar de Manuel y el dato de los neumáticos y me vuelvo a encomendar al “Rey Mitas”. Ellos responden.
Arribamos a un lugar de ensueño. (otro más). Y otra vez, el lugar está con apenas 3 pericos que sacan fotos. Ya quisiera que Talca- la “fea” como le dicen- tuviera estos balnearios municipales. Recuerdo que estamos en pleno corazón de Febrero, en medio del dulzor de las sandías y el aroma del pastel de choclo; la ensalada a la chilena y esas camisas pegadas de sudor en la tarde diabólicas del sol sobre nuestras cabezas. Acá el país es distinto. No hay nadie. Es una gran laguna, con un ventisquero hermoso,  aguas cristalinas y abundante playa, casetas para salvavidas, arena lacustre suave y; en otro sector, parrillas comunitarias, quinchos. Madre mía!. El sur es el sur. Hay tanto que mirar, tantos lugares pintados o asemejados al paraíso, que todo, absolutamente todo parece habitual. La belleza es como un adjetivo común y corriente y parece ser que el patagón ha perdido conciencia de ese calificativo que hemos buscado tanto en otros lugares del país. Acá la belleza es una conditio sine qua non, para que el territorio sea territorio.

Camino a Bahía Acantilada

Bahía Acantilada


Tenemos tiempo de tomar las fotos necesarias y partimos de vuelta. Hay que ir a  buscar la ropa a la lavandería. Vuelve a llover y el camino se hace más malo que antes. Hace hambre. Hay hambre por todas las esquinas del mundo. Pasamos unos puentes y retornamos al centro de Aysén por nuestra ropa. No hay como la ropa limpia y si se trata de calzoncillos y calcetines, cuánto mejor. En épocas de emergencia, sirve siempre la técnica de ocupar por segundo día consecutivo la ropa interior por el revés, pero las consecuencias al olfato, atropellan cualquier encanto al respecto. Debo confesar que la técnica del “cochinazo” en rigor la he ocupado con antelación, pero la lavandería es un placer sin estaciones.
                El hostal nos espera. Nos abre la puerta nuestra voluminosa argentina, cuyos abrazos podrían alcanzar para un ejército de chilenos abúlicos, a quien le pregunto por el menú de esta noche. Lo recita con acento pegajoso de Comodoro Rivadavia: “Sopa de lentejas y Torticha de papas con milanesa de pocho”. Además, desde la calle ya me levantaba el aroma de la tortilla en sus ropajes cuajados por manos caseras que me recodaron a esa tortilla de mi abuela, fruto de unos inmigrantes valientes que cruzaron el Atlántico desde Málaga para recostarse en este lejano país hace tantos años.  La sopa de lentejas me deja con renovado ánimo. Afuera ha parado de llover, pero hay un viento que levanta a cualquiera, que parte el alma de los que venimos del norte, que nos hace tirirtar en medio del miedo de no saber cómo enfrentarlo, pero de a poco lo vamos domando. Llega la Tortilla y la milanesa y son un bocado. Primer día que cenamos como lo merecemos y como nuestra panza lo reclama. Hay un niño de la casa-hostal que no para de jugar con nosotros y que reclama más paseos de sus padres. Parece un gorrión enjaulado en su infancia. Nos despedimos y felicito a la argentina, porque se ha reivindicado del hueso con pellejo de la noche anterior. 
            Para despedirnos de Puerto Aysén, cerca de las 22.00 horas salimos a beber algo a un bar cercano. El pueblo ya casi se duerme. Encontramos lo único abierto en medio de este extraño verano donde nos graniza y nos levanta el viento. Estreno mi parka nueva y mis zapatos ad-hoc que no me canso de piropear. No paramos de recordar el “Lago Riesco” vacío, como también la “Bahía Acantilada” convertida en un verdadero “farwest” y lo que quisiéramos que, en Talca, “la fea”, tener unos instantes de verano semejantes preciosuras para hacer “patitos” desde la orilla con nuestras piedras lanzadas, en las competencias que hacemos juntos a nuestros hijos. Vuelvo a sentir la nostalgia de los míos en medio de estas montañas que hacen tiniebla, sombra y una estación invernal que nunca se aleja. Llegamos al bar, que es una especie de cafetería “barística”. Si alguna vez fuimos “motoqueros rudos”, creo que lo hemos perdido todo: Pedimos ambos un chocolate caliente ante la extrañeza de la mesera. Un chocolate caliente en Puerto Aysén que no es otra cosa que una pequeña brasa que me recuerda los inviernos en casa, en medio de Julio con las lágrimas de la lluvia tras los vidrios empañados, y me hace posible soportar el viento que me rompe la cara en medio de la soledad de las calles de este pueblo. Nunca olvidaré, cuando vuleva a encender mi motocicleta, que tal vez, el paseo de este año, pudo llegar hasta aquí, si no es por la honestidad monumental de la gente que me tocó compartir en el segundo y en el momento justo de estos días. Siento que el Sur nos ha tendido por fin sus brazos. Se acaba el Chocolate Caliente. Una servilleta en la boca me despide definitivamente de estos vientos y Puerto Aysén es un recuerdo.